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Ángel Alcalde

23.05.2017

Memoria sexual de una estudiante (Diez primeras entregas)

23.05.2017

Relatos Bestiales por Ángel Alcalde

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MEMORIA SEXUAL DE UNA ESTUDIANTE
Ángel Alcalde

"El proceso sexual,
o sea, el proceso biológico
expansivo del placer, es el proceso
vital productivo per se".

(Wilhelm Reich)


Me llamo Carolina White y soy americana, de Boston. Veintitrés años, alta, delgada y estilosa. Ojos claros, media melena, pelirroja y buena estudiante. Me gusto, es evidente. Recién graduada en Filología Hispánica, llegué a España para hacer mi tesis doctoral sobre algo que me apasiona: El Teatro del Siglo de Oro Español. Soy de familia conservadora, pero mi talante es muy liberal, sobre todo en los asuntos de sexo.

En este sentido tengo que decir que en el Instituto de enseñanza secundaria, comenzaron mis primeros escarceos amorosos. Después, en el Smith Colleges, la Universidad solo para mujeres de Massachussets, ya hacía yo mío un pensamiento de Anaïs Nin: Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Pero fue en España, en Madrid, donde me consolidé como un putón verbenero, donde empecé a vivir el sexo en su máximo esplendor, a entenderlo siempre como un punto de partida, nunca como una meta…

Mi aventura sexual española comenzó al día siguiente de mi llegada. En Madrid me esperaba Ann Secret, compatriota y compañera de Universidad, que también hacía su tesis en el ámbito de la medicina. Ocurrió que, por pura casualidad, nos sentamos a tomar una copa en un espacio mítico, el Café Gijón, sitio muy frecuentado por actores, escritores, políticos, etc. Un local con mucho encanto.

Picamos algo de comer y las copas fueron más de una. Se notaba que éramos nuevas en el lugar y tal vez por eso, pasada ya la media noche, aparecieron dos jóvenes, bien parecidos, con ese aire inconfundible de la bohemia española. Nos pidieron permiso para sentarse con nosotros y, encantadas, iniciamos una conversación que empezó con la banalidad lógica en unos desconocidos, pero que luego derivó a temas concretos y que acabó completamente desmadrada hablando de sexo y otros temas allegados…

Nuestro guión no estaba escrito y pasó lo previsible. Acabamos follando los cuatro en la habitación de un hotelucho de ínfima categoría. La noche resultó inolvidable. Fueron muchas las sensaciones que empecé a vivir, acompañadas siempre de ese aire de libertad imprescindible para el buen gobierno del cuerpo.

Para empezar hay que decir que fue la primera vez que me comieron el coño como debe ser, con seriedad, con generosidad, con maestría, con imaginación… Aquella noche me corrí varias veces. Fui taladrada por detrás y por delante, masturbada y lamida por todos lados. Mi cuerpo parecía flotar por aquella habitación tan pequeña y tan lujuriosa. Ann iba a la zaga pero siempre entraba al trapo de su amigo.

Aquellos chicos resultaron ser periodistas y con ellos conocimos, aparte de las técnicas amatorias que tanto nos gustaban, un país que, culturalmente, merece la pena. Daba gusto mezclar los poemas de Quevedo o de Lope, con el sudor de nuestros cuerpos fatigados de tanto follar. Tan pronto investigábamos los enredos del Teatro Clásico, como los pliegues de nuestra piel…

Nuestros paseos culturales eran frecuentes por el centro de Madrid. Se nos podía ver visitando un estatua de Cervantes, o un convento donde en su fachada hay una lápida de mármol en honor del mas glorioso hombre de letras español. En la famosa zona literaria han vivido, aparte de Cervantes, Quevedo, Lope, Góngora…

Fijé mi residencia en Madrid en la calle Gaztambide, en el barrio de Arguelles, cerca de la Complutense, al ser esta mi universidad de acogida para hacer el doctorado. Rápidamente me reuní con mi director de tesis, con dramaturgos, críticos literarios, directores de teatro y con profesores de Filología Hispánica. No había tiempo que perder.

Me veía con Ángel (mi primer amigo de cama) de forma regular, y follábamos en su casa o en la mía. Ángel viajaba mucho por motivos de trabajo y eso hacía que la relación no se viciara por exceso de peso sentimental. Ello me permitía alternar con otras personas, fundamentalmente más vinculadas al mundo de mi formación.

Un día, tras despachar con mi director, me hizo ver su deseo de invitarme a cenar en su casa, para que pudiera apreciar sus cualidades de cocinero. En realidad lo que quería era echar un polvo conmigo. Se lo dije y me lo confirmo:

—No hay quien te engañe, eres más lista que el hambre…
—Yo voy, pero si no me gusta la cena, de follar ni hablamos…

Mi director de tesis se llamaba Rafael y era un catedrático reconocido prestigio. No parecía, sin embargo, un amante adelantado. Su mujer también era profesora y se encontraba en Brasil en un congreso. Tardaría dos semanas en volver, así que hicimos una buena cena y follamos con tranquilidad.

Tras el polvo de reconocimiento, que no estuvo mal, pasamos a una fase en la que yo tomé la iniciativa. Cogí su polla, me la metí en la boca y me ofrecí en una postura ideal para iniciar un bonito "sesenta y nueve". Su polla semiflácida se endureció nuevamente al contacto con mi lengua y mi saliva. Mi compañero merodeaba por mis muslos, pero le notaba ciertos remilgos al encararse directamente con mi sexo y tuve que llamarle la atención. Le dije que se dejara de rodeos y que hundiera su lengua en mi vagina hasta que yo dijera basta. Que la moviera a mil por hora por los confines de mi clítoris hasta dejarlo deshecho. Que se olvidara de la Universidad, de su mujer y de mi tesis.

Me hizo caso y yo le respondí llevándolo, otra vez, hasta el séptimo cielo, cuando su caliente semen inundó mi garganta y me tragué hasta la última gota.

Nos vimos al día siguiente en el Gijón. Rafael preparaba un seminario sobre el Siglo de Oro que se celebraría en el marco del Festival de Teatro Clásico, en la ciudad de Almagro, y había convocado allí a distintas autoridades académicas del tema. Rafael quería que yo asistiera en calidad de secretaria del seminario.

La reunión, convocada a media tarde, se alargó hasta bien entrada la noche. Hablan mucho los profesores. A mi me apetecía quedarme a solas con Rafael, quería volver a follar con él y se lo dije al oído. Algo debieron entender los demás porque, a partir de ahí, se marcharon enseguida. La doctrina es importante, y si se remata con un buen polvo, mucho mejor.

Cuando nos dirigíamos a su casa, me halagó el oído:

—De todas mis alumnas de doctorado, no solo eres la más hermosa, también eres la más brillante…
—Y la más perversa –dije.
—Digna de haber sido pintada por Julio Romero de Torres –dijo Rafael.

La verdad es que yo recibía encantada estos piropos, aunque no me los creía. La calentura amorosa hace muchos poetas…

Llegamos a la cama. Mis dedos y sus dedos recorrían nuestros cuerpos recreándose en el tacto. La madre naturaleza, que es muy lista, sabe que mientras más nos tocamos, mucho mejor para nuestras penurias existenciales. Mis dedos llegaron a su polla, después mi lengua, la agité bien dentro de mi boca y se corrió otra vez en mi garganta.

Me gusta esa crema espesa y especial que sale de los hombres. Puse su cabeza entre mis muslos y su lengua me prestó los servicios necesarios para hacerme entrar, una vez más, en las maravillas del sexo. Me lamió el coño y el culo, bien lamidos, hasta que me corrí. El clítoris, bien trabajado, es una autentica casa de placer.

Terminamos la sesión follando de forma tradicional y acabamos agotados.

Les propuse a Ángel y a Ann, viajar a Pamplona, a los San Fermines, tan conocidos por los americanos por Hemingway, tan aficionados a los toros y a Pamplona, que dejó escritas grandes obras literarias sobre el tema. Me apetecía ir a los toros y recorrer los sitios señalados por el escritor. Ángel hizo ajustes en su trabajo para poder disponer de unos días. Lo consiguió y fue un viaje único, por muchas cosas…

Hicimos uso y abuso de la casa de unos famosos viticultores amigos de Ángel. En esas fechas encontrar hotel en Pamplona es imposible. El espíritu sanferminero es el espíritu de la libertad, de la pasión, superando al de las fiestas navideñas en las que hay que ser buenos por obligación. En Pamplona la libertad fluye por todos lados, es el lado bueno de la tolerancia, de la sinceridad, el marco ideal para que Hemingway se sintiera mejor que en su propia casa.

El escritor llegó a Pamplona en 1923 y los Sanfermines calaron tan hondo en él, que no paró de ir hasta 1959. Durante sus estancias era frecuente verlo en cualquier terraza, acompañado de sus amigos toreros, de pamploneses o grandes actrices de Hollywood. En alguna ocasión corrió el encierro y toreo becerros, no solo en el coso pamplonés, sino en las fincas de amigos ganaderos.

La locura es total en estas fiestas. Ann estuvo besándose y metiéndose mano con algunos desconocidos. Decidió llevarse a la cama a uno de ellos, un banderillero, pero en el camino a nuestra casa prestada lo perdió. Luego se metió en la cama con Ángel y conmigo. Ya habían dado las tres de la madrugada.

El cansancio parecía vencernos, pero aparecieron las ganas de follar y lo hicimos. Ángel se tumbó y se dejó hacer. Ann le comió la polla y consiguió que se corriera en su boca. Luego se la comí yo pero fracasé, no conseguí que se corriera. Me la metió a duras penas, casi dormido, y llegué al orgasmo gracias a que mientas yo cabalgaba sobre él, Ann, me acariciaba el clítoris con sus dedos.

No fue posible levantarnos para ver el encierro. Abrimos los ojos a las doce del medio día siguiente.

Pamplona había vuelto a explotar tras el encierro, a pesar de ser el penúltimo día de la feria. En la calles no cabía un alfiler, casi todos borrachos, abrazándose a las farolas, follando en cualquier jardincillo y llorando desengaños de última hora. Todo el mundo en Pamplona ama y se siente amado. Aquel día yo follé hasta en los lavabos de un bar, sin hablar una sola palabra con mi follador. Y tan pancha…

Fuimos a ver los toros en los corrales de la plaza. Otro espectáculo. Estaba emocionada. Allí estaban los toros que iban a morir aquella tarde. Toros enormes, con el color de la muerte en sus afiladas astas. Algunos lucían la sangre roja de los mozos que habían herido en el encierro de la mañana.

Autoridad competente, banderilleros y apoderados, rodeados de cientos de aficionados, disponían las cosas para que todo discurriera por la tarde conforme a las normas establecidas. Se hicieron los lotes, se sortearon, se encerraron a los toros en sus correspondientes chicheros, y todo el mundo se fue a seguir la juerga. Los que no salían de sus habitaciones eran unos extraños hombres que, a las siete en punto de la tarde aparecerían por el callejón del miedo ante muchos miles de personas expectantes. Son hombres raros los toreros, capaces de llevar el amor y la belleza ante las puntas de la muerte. Capaces de crear y comunicar, en un hálito insospechado de grandeza, un mundo mágico…

Me alegré de ser un puntito dentro de esa marea humana que llenaba la plaza de toros, esperando ser herida en mi retina, por algún lance cargado de belleza. Disfruté mucho del espectáculo, de sus matices. Algún torero consiguió trofeos, pero fue lo de menos. Me quedé con los detalles de los que no consiguieron nada…

Apuramos bien la noche, como siempre. Comimos y bebimos a placer, siempre amparados por nuestros anfitriones, gente bien posicionada en la sociedad Navarra. El grupo se acabó deshaciendo con las primeras luces del día. Nos fuimos a casa a descansar un poco, que falta nos hacía. Me duché y al llegar a la cama me encontré con un tipo que no era Ángel, era un desconocido. Ángel y Ann ya lo habían visto anteriormente y se habían ido a otra habitación sin darle más importancia. Pero yo no me fui. Me quedé allí con el desconocido y, medio dormido y atolondrado, me lo follé.

Comencé besándolo con calma y después con cierta violencia. Cuando estuve bien mojada, me metí su polla hasta lo más hondo de mi vientre. Todo lo tenía que hacer yo. El colaboraba más bien poco. Pero no me importaba. Yo me lo quería tirar y lo conseguí. Hasta me corrí con cierto aparato sonoro. Cuando lo desmonté, le comí la polla, pero él ya estaba otra vez soñando y yo me dormí con su aparato en la boca…

Mi sueño duro poco más de una hora. Me levanté poco antes de que empezara el encierro. En la casa todos dormían y me fui sola. Me costó trabajo llegar al tramo de empalizada conocido como telefónica, pero lo conseguí. Me encaramé a ella y, a las ocho en punto, la riada de gente se hizo peligrosa. Tanto que de pronto fui empujada y acabé dentro del recinto, es decir, por donde dentro de unos segundos iban a pasar los toros sembrando el terror en muchos miles de personas.

El pánico se apoderó de mí. Intenté salir de allí como pude pero fue imposible. Mientras más espacios buscaba, menos encontraba. De repente el griterío aumentó. Miré hacia atrás y vi a la marea humana venir hacia mí. Comencé a correr con ellos esperando encontrar alguna salida por algún lado hasta que me sentí golpeada y lanzada con violencia hacia el suelo. Al parecer fui arrollada por uno de los cabestros que encabezaba la manada. Intenté levantarme pero otro golpe, más fuerte aún me volvió a estampar ahora contra la empalizada. Después ya no sentí nada.

Me desperté en el hospital. Había sido operada de una herida por asta de toro en la región lumbar. Pronostico leve, concluía el parte médico. También tenía heridas en la frente y en el hombro, producidas por los golpes. La peor información me llegó de los propios médicos del hospital. Me dijeron que toros y corredores fueron pasando junto a mi cuerpo, ya sin conocimiento. De pronto alguien, un mozo de Madrid, intentó recogerme y ponerme a salvo llevándome al abrigo de las tablas. Pero llegó el último toro, separado de los demás, y le corneó. El derrote seco del animal no encontró mi cuerpo, pero sí el de aquél joven que me tenía en sus brazos. El cuerno entró por su frágil cuello y le llegó hasta un pulmón. También le segó la aorta. Murió antes de que llegaran las asistencias.

Pamplona y sus fiestas pasaron y los días siguientes no fueron los mejores de mi vida. La muerte del joven madrileño me dejó muy tocada, así que intenté centrarme en los estudios. Mi director de tesis me veía en un estado calamitoso. Seguramente por ello me envió a Almagro, donde ya había comenzado el famoso Festival de Teatro Clásico, y donde unos días más tarde tendría lugar el seminario organizado por él y sus compañeros de facultad. Yo me había caído del cartel de secretaria del mismo…

Me alojé en el Parador de turismo, antiguo convento franciscano y que tiene mucha historia entre sus muros. En su restaurante a cielo abierto, conocí a Jaime, actor de la Compañía Nacional. Estaba en vísperas del estreno de su obra y yo tenía tiempo.

Jaime era un galán cuarentón, interesante a primera vista. Tomamos la primera copa en el restaurante y luego callejeamos por el pueblo engalanado, orgulloso de ser el soporte de aquel magno festival. También se hospedaba en el Parador y acabamos en su habitación donde olvidamos a Cervantes y a todos los demás. Hablamos de los valores de la carne al rojo vivo, de los medicinales polvos entre sábanas de Holanda o entre la amarilla genista. Hablamos de la masturbación y nos masturbamos el uno delante del otro y el uno al otro…

Desnudos y ensalivados, follamos mirándonos a la cara. Nos excitamos mucho y nos corrimos tanto que aquello parecía un río de semen. Su leche inundó mi boca y mis pechos y, tras un descanso fundamental, me anunció que estaba dispuesto a concluir aquella hermosa función, taladrándome por el culo. Me lubricó como era menester y aquel pollón se envainó en mi orificio trasero causándome un dolor altamente placentero. Fue un polvo salvaje de los que gusta comentar. Salí de la habitación con la idea de que habría nuevos encuentros de aquella naturaleza entre el actor y yo.

La estrella de Sevilla, atribuida a Lope de Vega, era la obra que representaba Jaime. Fui a verlo y me pareció un buen actor. Cuando acabó la obra me senté a tomar algo en la plaza del pueblo y me dispuse a disfrutar viendo sin ser vista, perdida entre tanta gente… Pensé en Jaime, en la remota posibilidad de que nos viéramos aquella noche, pero tampoco me importaba demasiado. Hay cosas peores que irse sola a la cama. En cualquier caso, seguro que una buena paja caería. O más…

Dándole vueltas al asunto de las pajas, recordé un poema que hablaba de ello: ..."acaríciate el vientre y el ombligo, pero no olvides los pezones; mastúrbate, que tus piernas se abran y se cierren… gime, grita…"

Jaime apareció para interrumpir mis pensamientos masturbatorios. Me dijo que iba a comer algo con los demás actores de la compañía.

—Si te apetece pasar por mi habitación, hazlo –le dije.

El actor llegó a la habitación y lo recibí completamente desnuda. Me tumbé en la cama boca arriba y se fue hacia mi coño sin quitarse la ropa. Me lo comió impecablemente y me corrí dos veces. Estuvo generoso en este primer trabajo de la noche. Después se desnudó y su aparato lucía ya con gran esplendor. Que delicia. Se la chupé pero no dejé que se corriera en mi boca. Me apetecía más que lo hiciera en mi vientre. Quería sentir como entraba y salía dentro de mi coño mientras los músculos de mi vagina lo estrujaban…

Nos corrimos juntos y, como fin de fiesta, le comí los huevos y relamí las gotas de semen que había por la zona. Tras unas caricias seguidas de momentos de gran ternura, se marcho. Era un hombre serio y Lope muy exigente…

Almagro se acabó. Hubo mucha doctrina y mucho sexo. Con Jaime solo quedé en que nos llamaríamos alguna vez. Mi director de tesis me veía cuando podía. No era muy innovador en los asuntos de cama, pero yo me acostumbré a él, y no le pedía mucho más. Un día me llevó a un acto sobre literatura infantil, presidido por la ministra de Educación. En los vinos de honor que siguen a estos actos, a veces, se conoce a gente interesante. Y eso fue lo que paso. Mientras Rafael y la ministra hablaban sin parar, yo lo hacía con un joven de pelo largo y lacio, más guapo que feo…

—¿De donde sales? –pregunté.

—No tengo nada que ver con mundo universitario. He venido con un amigo que es profesor ayudante en la facultad de letras.

No hubo necesidad de seguir hablando, nos miramos a los ojos, como se miran de vez en cuando las personas que se gustan a primera vista, y desaparecimos de allí.
—¿En tu casa o en la mía? –seguí preguntando
—La mía está cerca –dijo.
—Pues al abordaje.

Vivía en una buhardilla cerca de la Plaza de la Ópera. Había que subir cinco pisos a patita, pero no importaba nada, íbamos hacia una victoria segura…

Follamos con imaginación durante un buen rato. Hubo tiempo para todo, hasta para la ternura y para esos afectos que tantas veces la vida nos niega. Nos miramos como se miran las personas que se beben la vida a sorbos… Saboreamos el silencio del bueno, el que se elige. Disfrutamos mucho de las pequeñas cosas de aquella estancia y nos despedimos a la mañana siguiente sin preguntarnos siquiera nuestros nombres. No nos prometimos nada.

 

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