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Ángel Alcalde

31.05.2017

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31.05.2017

Relatos Bestiales por Ángel Alcalde

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A las siete de la mañana empezamos a oír tiros muy cerca de la casa, a solo unos metros. Nos asomamos por la ventana de la habitación y pudimos ver a varias personas (hombres y mujeres) que se descolgaban desde una terraza del segundo piso. Huían de los polis que acababan de entrar echando la puerta abajo. Otros policías los esperaban en la calle y disparaban contra ellos. Que yo sepa cogieron a uno al que le destrozaron un pie de un disparo. Ángel pensó hacer alguna foto pero desistió…

Nos volvimos a meter en la cama tras aquel desagradable episodio. Cuando todo volvió a la calma, volvimos a comernos los cuellos, las orejas el coño, la polla… Ángel cogió la crema lubricante de la mesita de noche, me la aplicó en el culo y me la clavó bien clavada. Al mismo tiempo me metía los dedos en el coño, completamente encharcado. Lo removía como un maestro. Fue delicioso. Aquello me alejaba del mundo real, me llevaba a otra dimensión.

Nos levantamos a la hora de comer y tras una conversación sobre la necesidad de hacer un manual de todos los vicios, nos entregamos a nuestras habilidades en la cocina, porque, como decía Cervantes, las cosas más importantes de la vida se fraguan siempre en la oficina del estómago.

Ann, me propuso que la acompañara a Londres. Tenía que ver a unos familiares. Era una imposición de sus padres. Así que nos fuimos a pasar una semana, aunque le puse una condición: que nos alojáramos en un hotel.

Cuando llegamos a Londres decidimos que lo de visitar a los familiares, lo dejábamos para el final. Teníamos ganas de follar, aunque Ann tenía ciertos reparos porque andaba medio enamorada del amigo de Ángel, el primer chico con el que folló en Madrid, y con el que también salía de vez en cuando.

—Venga tía, que no hay peor polvo que el no se echa –le dije.

Nos pusimos guapas y nos fuimos a tomar algo al Soho, el barrio londinense donde conviven en armonía los ricos y los pobres, artistas, empresarios, gays y un largo etcétera. Callejeamos un poco y nos encontramos con el famoso Ronnie Scout's Jazz Club, uno de los mejores sitios de Jazz. Por allí han pasado todas las glorias de este tipo de música y, además, se puede cenar mientras la disfrutas.

Lo pasamos bien, aunque bebimos más de la cuenta, pero el ambiente era tan envolvente que nos dejamos llevar. Conocimos a dos actores puertorriqueños que estaban en Londres ensayando una obra en el Shakespeare Théâtre. Quedamos en vernos a la salida, cuando acabara el espectáculo. Pero no estaban, o no los vimos. Total, empezábamos con un fracaso…

Borrachas y cansadas, tampoco los echamos mucho de menos. Nos despertamos a la hora del almuerzo y porque nos llamaron los familiares de Ann. Nos invitaron a cenar. Vivían en una excelente casa en el barrio judío, pero la reunión y la cena, fueron un coñazo existencial. Cuando salimos de allí nos miramos de forma cómplice, y cogimos un taxi rumbo al Ronnie, otra vez.

No pedimos mesa, queríamos estar moviéndonos por todo el local, estar más cerca de la gente, palparla, sentirla… En torno a la media noche nos sentamos en uno de los asientos corridos del local y de pronto notamos como nos acariciaban por la espalda. Nos volvimos y nos encontramos a dos hombres que nos saludaban con una agradable sonrisa.
—Hola, ¿No sois inglesas, verdad?

—Joder, ni que lo lleváramos escrito en la cara –dije.

—No os enfadéis, no es malo ser americanas.

No empezó muy bien aquel encuentro. Acababan de salir de la Universidad y a nosotros nos gustaban un poco más experimentados. Tenían aspecto de ser niños bien, adinerados. Pero esto no casaba muy bien con el Ronnie, frecuentado por artistas y gente progre. Total, que los dejamos sentarse a nuestro lado y nos empezaron a meter mano por debajo de la ropa.

Ann me miraba pidiéndome consejo mientras que la mano de su nuevo amigo subía y bajaba de la ingle a la rodilla. El mío también se empleaba a fondo, así que le dije a Ann que yo me iba a dejar, y que ella hiciera lo que quisiera. Y, como chicas a las que les va el rollo, cada vez estábamos más en nuestra salsa. Nos metieron mano en el coño y nos pajearon. Nos corrimos y después los pajeamos a ellos metiéndoles mano en la bragueta. Intentamos hacerlo de forma disimulada, pero creo que dimos algo de espectáculo.

Ángel Alcalde


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