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Ángel Alcalde

26.06.2017

Memoria sexual de una estudiante (19)

26.06.2017

Relatos Bestiales por Ángel Alcalde

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La tarde languidecía en la cervecería Alemana cuando Rafael me anunció que, en unos días, estaríamos presentes en un congreso. El tema era sobre los traductores de libros. El presidente, uno de los últimos premios Nobel. El sitio, Toledo. Un guiño a la ciudad imperial por haber sido la sede de la primera Escuela de Traductores del mundo. Toda la cultura y la belleza cristiana y mora, a nuestro servicio. Garcilaso, Bécquer… y las perdices toledanas…

La víspera del congreso fuimos al aeropuerto a recoger al Nobel. Era un hombre encantador, atento, de exquisitos modales y de buen ver, a pesar de estar ya en la fase otoñal de su vida. De Madrid a Toledo. Viaje inolvidable del que daré cumplida cuenta.

Rafael le abrió cortésmente la puerta del coche al escritor y este, sin perder un segundo, me indicó que me sentara a su lado. Rafael lo hizo en el asiento delantero, junto al conductor. Hasta ahí, todo normal. Pero apenas salimos de la ciudad, el escritor me tomó de la mano y la acarició. Lo tomé como un cumplido. Pero dejó la mano y empezó con la pierna. Aquello ya no era un cumplido, sino un ataque en toda regla. Rafael creía que hablaba con el escritor, pero en realidad hablaba solo, en la parte trasera estábamos a otras cosas. Cuando Rafael se volvió a ver que pasaba, mis pechos ya lucían en todo su esplendor y los dedos de la mano derecha del escritor ya estaban dentro de mi coño. Mis gemidos ya eran, también, sensiblemente sonoros. Tras correrme pude oír como Rafael le decía al conductor que aquello no había pasado.

Le abrí la bragueta a mi hombre del momento y apareció una hermosa polla, enhiesta, por la que habrían pasado, posiblemente, centenares de mujeres que lo adoraban. Yo no había leído nada de él y, por tanto, mi admiración no había nacido. Pero se la iba a comer, igualmente, con todo el amor del mundo. De repente alzó mi cabeza y me quitó las bragas. Me monté sobre él y lo cabalgué a placer, sintiendo sus acometidas con fuerza, con intensidad… Cuando nos corrimos, al mismo tiempo, nuestros cuerpos estaban hechos un charco de sudor. Nos abandonamos al descanso unos momentos, hasta que Rafael dijo:

—Hay que recomponerse un poco que estamos llegando a Toledo.

Pasé la noche sola en mi habitación. Tuve ganas de llamar a Rafael, pero no lo hice, sabía que lo estaba pasando mal. Pero siempre había sido así, nunca hubo engaño alguno por mi parte.

Comenzó el congreso de forma solemne: máximas autoridades civiles y académicas, en un claustro varias veces centenario, lleno de estudiantes y especialistas sobre su obra, y más de veinte de sus traductores y traductoras de otros tantos países. El rector de la Complutense hizo la laudatio y Rafael fue el primer ponente. Ambos estuvieron bien.

Tras la exposición de Rafael hubo un vino de honor seguido de un almuerzo restringido. Estaba invitada por Rafael y me senté a su lado, a pesar de que el escritor también me solicito al suyo. Le hablé bien a Rafael de su alocución y me lo agradeció. Se relajó y pude disfrutar de su compañía sin malos rollos. Estábamos frente al Nobel que, al fallarle yo, había colocado a su izquierda a una de las traductoras. A su derecha tenía al rector.

El escritor, entre bocado y bocado, bajaba la mano izquierda y la llevaba directamente a la entrepierna de la traductora, que disimulaba como podía. Que afición la de este hombre. Me supera, a pesar de su edad. Admirable…

Quede con Rafael en que pasaríamos la noche juntos. Quería reivindicar con él mi lado bueno, el menos canalla. Nos acostamos a una hora prudente y después de follar durante un buen rato, le pedí que me contara como había sido su primera vez. No le gustó mucho la idea.

—Bueno, venga, empiezo yo –le dije amorosamente.

Y empecé mi relato:

Boston. Caía la tarde cuando salíamos del Instituto. John y yo teníamos quince años cada uno y nos conocíamos desde nuestra más tierna infancia. Nunca hubo nada entre nosotros, aparte de una buena amistad entre adolescentes, compañeros de estudios. Aquella tarde caminamos despacio hasta un parque cercano y nos sentamos en la hierba, que estaba recién cortada y olía fenomenal. Yo estaba boca arriba y él al revés.

De pronto se interrumpió la charla y vi como John se puso colorado tras una acción que había llevado a cabo. Había puesto su mano derecha sobre mi pierna, por encima de la rodilla. Con los colores en su mejilla, la quitó y me pidió perdón. Reaccioné cogiendo su mano y devolviéndola otra vez a mi pierna.

—Me ha gustado –le dije.

Se hizo un silencio sepulcral. Su mano empezó a moverse torpemente, lentamente, hacia arriba, hasta encontrar los pliegues de mi pubis. Me excité muy rápidamente y comencé a jadear. En el parque estábamos solos, o por lo menos eso me parecía a mí. Las primeras sombras de la noche nos amparaban. Sus dedos empezaron a meterse por mi intacta rendija y yo busque su bragueta y la abrí. Cuando tuve su polla en mis manos él comenzó a mover sus dedos dentro de mí como si fuera una batidora. Yo también se la meneaba como mejor me parecía y no tardamos nada en corrernos los dos. Era la primera vez que yo veía aquel chorro de leche saliendo de una polla. Y me gustó. Cuando empezaba a decrecer, me la metí en la boca y todavía pude saborear aquel semen primerizo. Me quité las bragas y le dije a John que me comiera mi coñito y ahí ya me quedé prendada de esta práctica. El chico no tenía ni idea de cómo hacerlo, pero yo me volví a correr y me pareció descubrir un mundo nuevo, mágico, emocionante…

La sesión acabó con john chupando mis pechos, duros como piedras, y besándonos apasionadamente, mezclando todos nuestros fluidos corporales. Permanecimos allí callados un largo rato y luego me acompañó hasta la puerta de mi casa. Nos despedimos con un beso en la mejilla.

Ese amor apenas duró unos meses, pero lo recuerdo con mucho cariño.

—Ahora te toca a ti, cielo –le dije a Rafael cariñosamente.

—No puedo –me contestó—, tu historia me ha puesto muy cachondo. Prefiero follar. Mi relato lo dejamos para otro día…
Y así lo hicimos.

Ángel Alcalde

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