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Ángel Alcalde

11.10.2017

El paseante de perros (relato de alto contenido erótico) (4)

11.10.2017

Relatos Bestiales por Ángel Alcalde

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Esa noche, en su buhardilla, Alberto siguió pensando en Ariadna. No entendía nada. Le doblaba la edad y ello le hacía pensar mil cosas. En la explosión de aquellos ojos tan inquietos, en la sinceridad de aquel cuerpo tan frágil y en los instantes de agresiva ternura que aquella amistad prometía.

Al día siguiente era jueves y Alberto llegó a casa de Ariadna pensando en ella, en que le entregaría a Pepita de su mano. Pero se equivocó. Le volvió a recibir la asistente en las dos ocasiones. Al día siguiente, a las ocho en punto de la mañana, llegó a su casa y ya estaba lista, con una pequeña maletita de equipaje. Pepita daba saltos de alegría.

Tres horas más tarde el viejo jeep abandonaba la carretera asfaltada para adentrarse en un camino de polvo y piedras que los llevó, entre encinas centenarias, alcornoques, olivos, retamas, jaras y acebuches, hasta el amado refugio de Alberto.

Nada más salir del coche, Ariadna, ya sobre la silla de ruedas, giro un vistazo y se conmovió ante aquel paisaje tan espectacular:

  • Mira que he visitado países y paisajes de todo el mundo, pero creo que no hay nada que pueda parecerse a esto.

El mejor monte mediterráneo, grandes extensiones de dehesas y pastizales de aquel valle mágico, los pequeños riachuelos y las estepas cerealistas y los grandes riscos que los ponían al abrigo de los vientos de poniente, todo ello era digno de ser vivido, disfrutado…

  • Pues espera a que caiga la tarde, ya veras cuando empiecen a oírse los primeros cantos de los pájaros, la presencia de los animales salvajes, la luz rojiza del atardecer y las sombras de la noche. Este paisaje conmueve y enamora…

Ariadna le tendió la mano a Alberto y pasaron al interior de la estancia. Se trataba de un habitáculo de un solo espacio de cuarenta metros cuadrados. Estaba compuesto de una gran chimenea frente a la cual había un tresillo de cuero, dos sillones en uno de los lados y una mesa camilla con cuatro sillas al otro. Las paredes eran de piedra y de un grosor considerable, de manera que cuando más castigaba el sol, aquello era siempre un espacio fresco y muy agradable. Al fondo una gran cama en perfecto estado de revista. Una pequeña cocina americana, una encimera, una librería en una de las paredes y algunas fotos perfectamente enmarcadas sobre otra pared. Un aparato de radio de diseño antiguo, un televisor de gran formato y una pequeña mesa de madera sobre la que había un ordenador junto a unos folios en blanco, componían todos los enseres.

  • Sobre una parte de la terraza –dijo Alberto-, dos paneles solares se encargan de producir la energía necesaria. A su lado, la antena parabólica.

Cuando Ariadna terminó de visualizar la estancia, se trasladó hasta el tresillo, se bajó de la silla y se acopló en el.

  • Enseguida tendremos una gran lumbre –dijo Alberto al tiempo que salía hacia la leñera.

En pocos minutos la leña de encina chisporroteaba en la chimenea.

-   Hay que pensar en la comida. Tenemos que ir al pueblo a comprar…

  • Alberto –le interrumpió Ariadna-, no te preocupes ahora de nada, ven aquí, conmigo.

Se sentó junto a ella y se besaron en la boca. Fue un beso largo, húmedo, como de dos amantes que acaban de encontrarse tras un largo periodo de ausencia. La perra Pepita, acabó de retozar por la puerta y pasó al interior para quedarse dormida al calor de la lunbre.

  • Me gusta estar contigo –dijo Ariadna-, quiero verte reír, que me lleves a sitios prohibidos. Aquí y allá. Quiero que vayamos a Londres, a Nueva York…

Entre palabra y palabra, Ariadna volvía a los labios de Alberto y comenzó a desabrocharle los botones de su camisa. Él hacía lo mismo con ella.

  • Quiero que puedas decir “aquí vine con Ariadna”, que nos emborrachemos juntos, que me lleves a la cama.

Alberto se incorporó, cogió delicadamente a Ariadna y la depositó sobre las sábanas.

  • Quiero que te aprietes contra mí, - siguió Ariadna-, que me desnudes muchas veces, que me abras las piernas cuando me notes preparada, sentir tu sexo dentro del mí, una y mil veces. Quiero saborear todo lo tuyo y hacerte el hombre más feliz del mundo, ser la mujer más feliz del mundo.
  • Ariadna, -dijo Alberto mordisqueando sus pezones-, no sé realmente lo que está pasando, pero te aseguro que mis emociones están a flor de piel. Me estoy volviendo loco…, en el mejor sentido…

Alberto comprobó pronto que Ariadna ya estaba preparada para el ataque. Lo hizo primero con su lengua y la mantuvo en sus ingles y en su clítoris hasta que notó la explosión de gozo de la mujer.

  • Joder, mi amor –exclamó al tiempo de llegar al primer orgasmo-, me estoy corriendo, me estoy corriendo plenamente. Que placer. Gracias, gracias mi amor…

Completamente desnudos, Alberto, tras unos minutos de descanso, ayudo a la mujer a ponerse sobre él y encajarse sobre su pene que ya lucía en toda su plenitud.

  • Joder, métemela hasta lo más hondo de mi cuerpo, reviéntame si quieres, haz que muera de placer, destrózame…

Alberto, que ni siquiera tuvo que lubricarla de lo ensalivada que estaba,  hizo gala de su experiencia y, a los pocos minutos, ambos estaban lanzando gemidos de intenso goce, estremeciéndose juntos hasta llegar a un orgasmo que los hizo tocar el cielo. Y así, una y otra vez,  hasta que se acabaron las fuerzas y no tuvieron más remedio que abandonarse, abrazados, al sueño reparador. Los despertó Pepita, que se encaramó a la cama y empezó a lamerlos a los dos por igual. Lógico, además de amor, reclamaba su comida que, afortunadamente, estaba en la maleta de Ariadna.

Ángel Alcalde

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