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Ángel Alcalde

17.10.2017

El paseante de perros (relato de alto contenido erótico) (5)

17.10.2017

Relatos Bestiales por Ángel Alcalde

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La tarde se acababa poco a poco y los dos amantes decidieron vestirse y dar un paseo en coche por los alrededores para disfrutar de aquel atardecer tan lleno de ocres anaranjados que, poco a poco, se iban fundiendo con los negros del anochecer y con los cantos de los pájaros de los cercanos árboles.

Al pasar por un trigal, Ariadna empezó a canturrear:

Que por mayo, era por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan y están los campos en flor,

cuando canta la calandria y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados van a servir al amor…

 

  • Precioso –dijo Alberto.

 

Alberto paró el motor del coche justo al lado de más alto risco de la sierra de su propiedad. Abrió todas las ventanillas, se besaron durante un buen rato y luego se quedaron en silencio, escuchando los sonidos del monte. La calandria parecía despedirse. El canto, en principio sobre sus cabezas, se oía cada vez más lejos. Un mirlo y una perdiz, asustados, señalaban la presencia de un jabalí por los alrededores buscando comida. Pero el rey del canto es, sin duda, el ruiseñor. Parece mentira que un ave del tamaño del petirrojo, pueda tener tantos registros y que su canto sea tan sonoro.

  • El ruiseñor me alegra las noches –dijo Alberto al escuchar los primeros silbidos, borboteos y otros sonidos-. Para mi su canto es el más hermoso de cuantos conozco.

Al canto del primer ruiseñor se le añadió otro que le contestaba y competían en la belleza de los trinos. Alberto bajó del coche, cogió a Ariadna en sus brazos y comenzó a andar hacia un inmenso zarzal atravesado por un pequeño arroyo.

  • No temas –le dijo Alberto-, este zarzal tiene truco.

Alberto, acercándose al tronco de una encina cercana, giró una pequeña llave escondida en una hendidura y el zarzal comenzó a moverse lentamente hasta dejar al descubierto una pequeña entrada. Alberto y Ariadna la traspasaron y se sentaron en un banco de madera colocado por Alberto, junto a una pequeña tabla de agua completamente cristalina. Una tenue luz se fue encendiendo poco a poco.

Ariadna no daba crédito.

  • Creo que estoy soñando –dijo.
  • Pues aún nos has visto lo mejor.

Un mirlo llegó al lugar pero al verlos se asustó y se marchó con gran estrépito. De pronto una serpiente se cruzó ante ellos y se metió en el agua, después sacó la cabeza y parte del cuerpo y los miró durante unos segundos.

  • No temas, es amiga.  Se marchará enseguida. Sólo quiere saludar.

Dicho y hecho. Salió del agua y volvió a la seguridad de la tupida zarza. Los ruiseñores seguían compitiendo en su canto.

  • A partir de ahora, –dijo Alberto-, el monte cobra vida, y esa vida no nos pertenece.

Ariadna volvió a arrebujarse sobre Alberto y le dijo tiernamente al oído:

  • Sé que estas loco y no me importa. Quiero vivir esta locura contigo.

Tras un buen rato de palabras y besos, Alberto le contó a Ariadna que muy cerca de aquellas tierras Miguel de Cervantes había hecho de las suyas en la Venta de la Inés, o la del Zarzoso, muy mentadas en El Quijote y en alguna otra de sus novelas.

Al volver a casa, venados y jabalíes les salían al paso, como queriendo saludarlos. Llegaron en unos minutos, cuando la luna ya lucía en todo lo alto y las ranas y los grillos habían reemplazado con sus conciertos a los pájaros. La noche era espectacular. El cielo estrellado y una ligera brisa de poniente, eran la mejor de las medicinas para todo tipo de males modernos. Alberto tomó a Ariadna en sus brazos y la llevó hasta el tresillo de cuero instalado en el porche. Después se sentó  a su lado y la invitó a concentrarse en aquel mundo mágico que le ofrecía la naturaleza salvaje.

  • Aparte de perrero y filósofo, eres un  maestro de sierra –dijo Ariadna acariciando su pelo-.
  • Escucha las voces de la noche –dijo Alberto-. Su latido, su magia.

La conversación, entre caricias y arrumacos, se hizo herramienta fundamental para preparar los momentos amatorios que iban a llegar al filo de la media noche.

  • Que gran momento –dijo Ariadna-, que paz, que guerra amorosa la que presiento, que aire tan enloquecedor, que vida tan excelsa, tan verdadera, tan desnuda…

Apenas acabó la frase, Ariadna comenzó a desnudar a Alberto y viceversa. Lo hicieron despacio, recreándose en cada movimiento, en cada instante. Respirando con deleite el aire de la ocasión por cada poro del cuerpo.

  • Yo entiendo los asuntos del corazón unidos por la libertad, por la sabia tolerancia. Quiero poseerte muchas veces, esta noche me siento insaciable. Quiero follar contigo diciendo tu nombre…

Hasta el cuero del sofá parecía haberse calentado con aquellas palabras de Ariadna. Precedidos por sus manos, los labios de Alberto viajaron por todo el cuerpo de la mujer hasta hacer la primera parada en sus ingles. Su lengua volvió a encontrar el clítoris y la movió despacio, como si temiera que aquello se acabara pronto. Paladeó su sexo centrado en lo que hacía, hasta que los orgasmos de ella se fueron encadenando y los temblores se hicieron sentir al tiempo que los gemidos eran repetidos por el eco de la sierra.

  • Ay, Alberto, Alberto, si hay Dios seguro que nos estará aplaudiendo. No se puede ser más feliz…

Alberto y Ariadna tuvieron que descansar unos minutos para recuperar fuerzas, pero volvieron al ataque mientras declinaba el horizonte de ranas y grillos. Era como si se hubieran parado para escuchar aquella música celestial que salía de los cuerpos de los dos amantes.

  • Quiero que cuando me vaya –Continuó Ariadna-, cada rama de cada encina repita tu nombre. Yo lo oiré allí donde esté y volveré a vivir este rumor de hojas y de ruiseñores. Quiero mantener en mi boca el sabor de tu sexo, de tus árboles, de tus trigos y tus montes…
  • Y yo quiero que nos besemos hasta que sangren nuestros labios, que follemos hasta la extenuación de nuestros cuerpos, hasta que todas las estrellas del cielo se nos caigan encima…

Ariadna no dejó terminar a Alberto. Sus besos eran tan tiernos y salvajes al mismo tiempo que, efectivamente, los labios sangraron. El pene de Alberto volvió a apropiarse de todas las cavidades posibles, y el sudor volvió a correr como un río por aquellos cuerpos casi desgastados de tanto usarse.

Habían dado las cinco de la mañana cuando, finalmente, fueron vencidos por el sueño. Apenas les dio tiempo de entrar en el refugio y llegar hasta la cama.

Ángel Alcalde

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