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BLOGS. Relatos Bestiales
Marqués de Sade

06.04.2018

El Presidente burlado (SEGUNDA ENTEGA)

06.04.2018

Relatos Bestiales por Marqués de Sade

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Llaman a d'Olincourt, éste no puede negar los hechos y se decide por último que lo más sencillo es ir, por muchos peligros que eso pueda entrañar, y habitar el castillo dos o tres días para poner fin a tales desórdenes y ver, en fin, qué partido se puede sacar de sus rentas.

-¿Tenéis un poco de valor, presidente? -le pregunta el marqués.

-Yo, pues depende -contesta Fontanis-; el valor es una virtud que se usa poco en nuestro ministerio.

-Sí, ya lo sé -responde el marqués-, con la ferocidad tenéis bastante; os pasa con esa virtud, poco más o menos, como con todas las demás: os dais tal maña para desvirtuarlas que no os quedáis nunca de ellas más que con lo que las echa a perder.

-Bien, seguid con vuestros sarcasmos, marqués, pero os suplico que hablemos en serio y que dejemos los improperios a un lado.

-Muy bien, hay que ir allí, tenemos que instalarnos en Téroze, destruir a los fantasmas, poner orden en vuestras posesiones y regresar para que os podáis acostar con vuestra esposa.

-Un momento, señor, un momento, os lo ruego, no vayamos tan deprisa. ¿Habéis pensado en los peligros que entraña entrar en relación con seres semejantes? Un buen sumario, seguido de un decreto, valdría mucho más que todo eso.

-Bueno, ya estamos otra vez con sumarios, decretos... ¿A quién no excomulgáis también como los curas? ¡Armas atroces de la tiranía y de la estupidez! ¿Cuándo dejarán de creer todos esos hipócritas con faldas, todos esos pedantes con casaca, esos secuaces de Themis y de María, que su insolente charlatanería y su estúpida función pueden tener efecto alguno en el mundo? Entérate, hermano, de que no es con papeluchos con lo que hay que reducir a unos bribones tan atrevidos, sino con la espada, con pólvora y con balas; disponte, pues, a morir de hambre o a tener el coraje de luchar contra ellos.

-Señor marqués, razonáis como coronel de dragones que sois; dejadme a mí que vea las cosas como magistrado, persona sagrada e indispensable al Estado y que no se expone jamás a la ligera.

-¿Tú persona indispensable al Estado, presidente? Hacía mucho tiempo que no me reía, pero veo que tienes ganas de que me dé esa convulsión. ¿Y a qué santo te has creído, te lo ruego, que un hombre de oscura extracción por lo general, que un individuo siempre rebelde contra todo lo bueno que pueda desear su señor, al que no sirve ni con su bolsa ni con su persona, que se opone sin cesar a todos sus buenos propósitos, cuyo único fin es el de fomentar la división de los particulares, ahondar la del reino y vejar a los ciudadanos...,te repito, ¿cómo puedes creer que un ser semejante puede ser precioso para el Estado?

-Me niego a responder, pues de nuevo aparece la ironía.

-Muy bien, de acuerdo, amigo mío, me parece muy bien, de acuerdo, pero aunque tengas que cavilar durante treinta días sobre esta aventura, aunque tengas que recabar ridículamente la opinión de tus cofrades al respecto, seguiré diciéndote que no hay más solución que ir a instalarnos nosotros mismos a casa de esos tipos que tratan de impresionarnos.

El presidente puso aún algunas objeciones, se defendió con mil contradicciones más absurdas y pretenciosas las unas que las otras, y acabó por decidir con el marqués que partiría a la mañana siguiente con él y con dos lacayos de la mansión; el presidente propuso a La Brie, ya lo dijimos, no se sabe demasiado bien por qué, pero tenía gran confianza en ese muchacho. D'Olincourt, muy al corriente de los importantes asuntos que iban a retener a La Brie en el castillo durante su ausencia, contestó que era imposible llevarle con ellos, y al día siguiente, al despuntar el alba, se prepararon para ello, colocaron al presidente una vieja armadura que habían encontrado en el castillo, su joven esposa le puso el casco, deseándole toda suerte de venturas, y le instó a volver lo antes posible para recibir de sus manos los laureles que marchaba a cosechar; él la besa tiernamente, monta a caballo y sigue al marqués. Por más que habían anunciado por los alrededores la mascarada que iba a tener lugar, el enjuto presidente, con su ridículo atavío militar, resultaba tan grotesco que fue acompañado, de un castillo al otro, de carcajadas y silbidos. Por todo consuelo, el coronel, que se mantenía lo más serio posible, se acercaba a él de cuando en cuando y le decía:

-Ya lo veis, amigo mío, este mundo no es más que una farsa, o se es público o se es actor, o contemplamos la escena o la representamos.

-Sí, perfecto, pero ahí nos están silbando -contesta el presidente.

-¿De verdad? -respondía flemáticamente el marqués.

-No cabe la menor duda -replicaba Fontanis-, y reconoceréis que resulta muy duro.

-¿Por qué? -decía d'Olincourt-. ¿Acaso no estáis acostumbrado a esos pequeños desastres?

¿Creéis que a cada estupidez que cometéis en vuestros estrados ornados con flores de lis, el público no os silba también? Hechos por naturaleza para que se mofen de vosotros en vuestro oficio, trajeados de una manera ridícula que hace reír en cuanto se os ve, ¿cómo vais a imaginar que con tantas cosas desfavorables por un lado, os van a perdonar todas vuestras estupideces por el otro?

-¿No os gusta la toga, verdad, marqués?

-No os lo oculto, presidente; sólo me gustan las profesiones útiles: todo aquel que no tiene talento más que para fabricar dioses o para matar hombres, me ha parecido siempre un individuo consagrado a la indignación pública y al que se le debe ridiculizar u obligar a que trabaje a la fuerza. ¿No creéis, amigo mío, que con esos dos hermosos brazos que os ha dado la naturaleza, no seríais infinitamente más útil en un carro que en una sala de justicia? En el primer caso haríais honor a todas las facultades que habéis recibido del cielo... En el segundo, no hacéis más que envilecerlas.

-Pero es necesario que haya jueces.

-Más valdría que no hubiera más que virtudes, podrían adquirirse sin necesidad de jueces, con ellos se las pisotea por doquier.

-¿Y cómo queréis vos que se gobierne un Estado...?

-Con tres o cuatro sencillas leyes promulgadas en el palacio del monarca y observadas

en cada clase por los ancianos de la clase en cuestión; de esa manera cada estamento tendría sus pares y un gentilhombre que fuera condenado no tendría que sufrir la espantosa afrenta de serlo por algún bellaco como tú, tan prodigiosamente lejos de ser digno de ello.

-¡Oh!, todo eso nos llevaría a discusiones...

-Que van a acabar en seguida -interrumpió el marqués-, pues ya hemos llegado a Téroze.

Estaban, en efecto, entrando ya en el castillo; el granjero se presenta, se encarga de los

caballos de sus señores y pasan a una sala en donde en seguida se ponen a discutir con él sobre los inquietantes hechos de aquella mansión.

Todos los días un ruido espantoso se dejaba oír por igual en todas las estancias de la casa, sin que se haya podido averiguar la causa; por las noches se había montado guardia y varios campesinos contratados por el granjero, según afirmaban, habían sido terriblemente apaleados y nadie se atrevía ya a exponerse. Pero resultaba imposible precisar qué se sospechaba; la opinión general era sencillamente que el espíritu que se aparecía era el de un antiguo arrendatario de aquella mansión, que había tenido la desgracia de perder su vida injustamente en el cadalso y que había jurado volver todas las noches y causar un terrible estrépito en la casa hasta poder tener la satisfacción de retorcer el cuello a un magistrado.

-Mi querido marqués -exclamó el presidente corriendo hacia la puerta-, me parece que

mi presencia aquí es bastante inútil., nosotros no estamos acostumbrados a ese género de venganzas y preferimos, como los médicos, matar indiferentes a quien nos venga en gana sin que el difunto pueda protestar jamás.

-Un momento, hermano, un momento -responde d' Olincourt, deteniendo al presidente que estaba decidido a salvarse-; acabemos de oír las explicaciones de este hombre -y dirigiéndose al granjero-: ¿Eso es todo, maese Pedro, no hay en todo este acontecimiento singular ninguna otra particularidad que podáis señalarnos? ¿A todos los funcionarios sin excepción odia ese diablillo?

-No, señor-contestó Pedro-; el otro día dejó una nota sobre una mesa en la que decía que sólo detestaba a los prevaricadores; cualquier juez que sea integro no corre con él ningún peligro, pero no perdonará a aquellos que, guiados únicamente por el despotismo, por la estupidez o por la venganza, hayan sacrificado a sus semejantes a la sordidez de sus pasiones.

-Bien, ya veis que debo irme de aquí-comentó el presidente, consternado-; en esta casa no existe la menor seguridad para mí.

-¡Ah!, miserable-le contesta el marqués-; conque ahora tus crímenes empiezan a hacerte estremecer..., ¿eh? Atentados contra el honor, destierros de diez años a causa de una partida de rameras, infames connivencias con otras familias, el dinero recibido por arruinar a un gentilhombre, y tantos otros desdichados sacrificios a tu furor o a tu ineptitud, esos son los fantasmas que ahora vienen a turbar tu imaginación, ¿verdad? ¡Cuánto darías en este momento por haber sido un hombre honrado toda tu vida! Que esta cruel situación te sirva de algo algún día, que te haga sentir por adelantado el horrible peso de los remordimientos y que te enseñe que no hay ni una sola felicidad mundana, por valiosa que nos pueda parecer, que valga lo que la tranquilidad de espíritu y las satisfacciones de la virtud.

-Mi querido marqués, os pido perdón-dice el presidente con lágrimas en los ojos-; soy hombre perdido, no me sacrifiquéis, os lo suplico, y dejadme volver al lado de vuestra querida hermana que deplora mi ausencia y que nunca os perdonará los males a los que vais a entregarme.

-¡Cobarde! Cuánta verdad hay cuando se dice que la cobardía acompaña siempre a la falsedad y a la traición... No, tú no saldrás de aquí, ya no es tiempo de volverse atrás; mi hermana no tiene más dote que este castillo; si quieres disfrutarlo, hay que limpiarlo de esos bribones que lo ensucian. Vencer o morir, no hay término medio.

-Os ruego que me disculpéis, querido hermano; pero sí que hay un termino medio: escapar de aquí a toda prisa y renunciar a todos esos beneficios.

-Vil cobarde, ¿así es como queréis a mi hermana, prefieres verla consumirse en la miseria que combatir para salvar su herencia...? ¿Quieres que le diga a la vuelta que esos son los sentimientos que le profesas?

-¡Cielos, a qué horrible estado me veo reducido!

-Vamos, vamos, recobra el valor y prepárate para lo que se espera de nosotros.

Sirvieron la cena, el marqués quiso que el presidente cenara con la armadura completa; maese Pedro comió con ellos, afirmó que hasta las once de la noche no había absolutamente nada que temer, pero que a partir de ese momento, hasta el amanecer, el lugar era indefendible.

-Pues nosotros vamos a defenderlo—contestó el marqués-, y aquí tenéis a un bravo camarada de quien os respondo como de mí mismo. Estoy seguro de que no nos abandonará.

-No respondamos de nada hasta ver qué pasa -replicó Fontanis-; yo soy un poco como César, lo confieso, el valor en mí es muy voluble.

Mientras tanto, pasaron el tiempo que quedaba reconociendo los alrededores, paseando, haciendo cuentas con el granjero, y cuando se hizo de noche el marqués, el presidente y sus dos criados se repartieron el castillo.

Al presidente le tocó un gran dormitorio, flanqueado por dos siniestras torres cuya sola visión le hacía estremecer de antemano: era por allí precisamente por donde, según decían, el espíritu iniciaba su ronda, con lo que iba a toparse con él antes que nadie; un valiente hubiera gozado ante esta halagadora perspectiva, pero el presidente, que, como todos los presidentes del universo y los presidentes provenzales en particular, no era valiente ni por asomo, se dejó llevar de tal acto de debilidad al conocer la noticia, que tuvieron que cambiarle de pies a cabeza; ninguna medicina hubiera tenido un efecto más fulminante.

Le vuelven a vestir, le arman de nuevo, le dejan dos pistolas sobre la mesa de su alcoba, le colocan en las manos una lanza de quince pies de largo por lo menos, le encienden tres o cuatro velones y le abandonan a sus reflexiones.

-Oh, desdichado Fontanis—exclamó al verse solo- ¿Qué genio del mal te ha conducido a esta galera? No podías haber encontrado en tu provincia a alguna joven que valiera más que ésta y que no te hubiera acarreado tantos sinsabores? Tú lo has querido, pobre presidente, tú lo has querido, amigo mío, y aquí estas, te sentiste tentado por una boda en París y ya ves en lo que acaba... Pobrecito, a lo mejor vas a morir aquí como un perro sin poder ni siquiera confesar y comulgar y entregar tu alma a un sacerdote... Estos malditos incrédulos, con su equidad, con sus leyes de la naturaleza y su filantropía, parece como si el paraíso fuera a abrírseles cuando pronuncian esas tres impresionantes palabras... Menos naturaleza, menos equidad y menos filantropía, firmemos decretos, desterremos, quememos, condenemos a la rueda y vayamos a misa, más valdría esto que todo lo demás. Este d'Olincourt insiste furiosamente en el proceso de aquel gentilhombre al que juzgamos el año pasado; debe de haber algún tipo de parentesco que yo ni sospechaba... Pues que, ¿no se trataba de un asunto escandaloso, no vino un criado de trece años, al que habíamos sobornado, a decirnos, porque nosotros queríamos que nos lo dijese, que aquel hombre se dedicaba a matar prostitutas en su castillo, no nos contó un cuento de Barba Azul con el que las nodrizas no pretendieran hoy en día dormir a sus criaturas? Tratándose de un crimen tan importante como es el asesinato de una ramera..., un delito probado de forma tan concluyente como es la declaración de un niño de trece años al que hicimos que le dieran cien latigazos porque no quería decir lo que queríamos nosotros, no me parece a mí que sea obrar con excesivo rigor hacer las cosas como las hicimos. ¿Es que se necesitan cien testigos para cerciorarse de un delito; no basta una simple relación? ¿Acaso tuvieron tantos miramientos nuestros doctos colegas de Toulouse cuando condenaron a la rueda a Calas? Si no castigásemos más que aquellos crímenes de los que estamos seguros, no tendríamos el placer de arrastrar al cadalso a nuestros semejantes ni cuatro veces en todo un siglo, y sólo eso hace que seamos respetados. Desearía que me explicaran qué sería un parlamento cuya bolsa estuviera siempre abierta para las necesidades del Estado, que no presentara nunca ninguna queja, que registrara todos los delitos y que no matara nunca a nadie... Eso sería una asamblea de necios a la que no se le haría el menor caso en la nación...

Valor, presidente, valor, no has hecho más que cumplir con tu deber, amigo mío; deja que griten los enemigos de la magistratura, no podrán destruirla; nuestro poderío, establecido a costa de la blandura de los reyes, durará tanto como la monarquía, y ya puede Dios velar por los soberanos para que no acabe derribándolos; unos cuantos descalabros más como los del reinado de Carlos VII y la monarquía, destruida al fin, dará paso a esa forma de gobierno que ambicionamos desde hace tanto tiempo y que al elevarnos al pináculo como el senado de Venecia, pondrá en nuestras manos, como poco, las cadenas con que tan ardientemente deseamos aplastar al pueblo.

Así razonaba el presidente, cuando un ruido espantoso se dejó oír a un mismo tiempo en todas las habitaciones y en todos los corredores del castillo... Un escalofrío universal se apodera de él, se arrebuja sobre la silla y apenas se atreve a levantar los ojos. ¡Seré insensato! -exclama-. ¡Que yo, que un miembro del Parlamento de Aix tenga que luchar contra unos espíritus! ¿Qué tuvisteis nunca que ver con el Parlamento de Aix? Entre tanto el ruido aumenta, las puertas de las dos torres se vienen abajo, aterradoras figuras penetran en la habitación... Fontanis se arroja al suelo, implora que le perdonen, suplica por su vida.

-Miserable-le contesta uno de los fantasmas con pavorosa voz-. ¿Acaso supo tu corazón qué era la compasión cuando condenaste injustamente a tantos desgraciados, su espantosa suerte te conmovió, acaso te sentí-as menos orgulloso, menos glotón, menos crapuloso el día que tus injustas sentencias hundían en el infortunio o en la sepultura a las víctimas de tu estúpido rigorismo? ¿Y de dónde provenía en ti esa temeraria impunidad de tu momentáneo poder, de esa fuerza ilusoria que por un momento corrobora la opinión y que al punto destruye toda filosofía...? Sufre que nos guiemos por los mismos principios y sométete, pues eres el más débil.

Tras estas palabras, cuatro de estos espíritus físicos agarran con fuerza a Fontanis y al instante le dejan desnudo como la palma de la mano, sin obtener otra cosa más que sollozos, gritos y un sudor fétido que le cubría de pies a cabeza.

-¿Qué hacemos ahora con él?-pregunta uno de ellos. -Espera-le contesta el que parecía el jefe-, aquí tengo la lista de los cuatro principales asesinatos que ha cometido jurídicamente, vamos a leérsela.

En 1750, condenó a la rueda a un desdichado que no había cometido más delito que negarle a su hija, a la que el miserable quería violar.

En 1754, propuso a un hombre salvarle por dos mil escudos; al no podérselos pagar, hizo que le ahorcaran.

En 1760, al enterarse de que un hombre de su ciudad había hecho algunos comentarios sobre él, le condenó a la hoguera al año siguiente, acusándole de sodomía, aunque el desventurado tenía mujer y un tropel de hijos, cosas todas ellas que desmentían su crimen.

En 1772, un joven de elevado rango de la provincia quiso, por una venganza trivial, dar una zurra a una cortesana que le había jugado una mala pasada, y este indigno cernícalo convirtió la broma en un asunto criminal, lo consideró asesinato, envenenamiento, arrastró a todos sus cofrades a esta ridícula opinión, perdió al joven, le arruinó y, no habiendo podido atraparle, le hizo condenar en rebeldía.

Estos son sus principales crímenes; decidid, amigos míos.

-El talión, señores, el talión; ha condenado injustamente a la rueda, pues yo quiero que a la rueda se le condene.

-Yo propongo la horca-dijo otro-y por los mismos motivos que mi colega.

-Que sea quemado -dice un tercero- por haber empleado ese suplicio sin motivo alguno y por haberlo merecido él mismo tantas veces.

-Démosle ejemplo de clemencia y de moderación, camaradas -dice el jefe-, y sigamos nuestro texto nada más que en la cuarta aventura: azotar a una ramera es un crimen digno de muerte, en opinión de este cernícalo imbécil, pues que sea azotado.

Entonces agarran al desdichado presidente, le tumban boca abajo sobre un estrecho banco, le agarrotan de los pies a la cabeza; los cuatro etéreos espíritus cogen cada uno una correa de cuero de una longitud de cinco pies y la dejan caer cadenciosamente y con toda la fuerza de sus brazos sobre los desnudos miembros del desgraciado Fontanis, que, lacerado tres cuartos de hora seguidos por las vigorosas manos que se encargan de su educación, pronto no es más que una llaga de la que brota sangre por todas partes.

-Ya basta-dice el jefe-; ya lo dije antes, démosle ejemplo de compasión y de cómo hacer el bien; si el bribón nos atrapara nos haría descuartizar; pero ahora le tenemos a él, despidámonos con este correctivo fraternal y que aprenda en nuestra escuela que no siempre se hace mejores a los hombres asesinándoles; no ha recibido más que quinientos latigazos, pero apuesto al que quiera que ya está escarmentado de sus injusticias y que en el futuro va a ser uno de los magistrados más íntegros de su gremio; soltadle y continuemos nuestras operaciones.

-Ouf -exclamó el presidente cuando vio que sus verdugos se habían ido-. Ahora veo que si entramos con saña en los actos del prójimo, si tratamos de exagerarlos por el placer de castigarlos, ahora veo que nos lo devuelven en seguida. ¿Y quién habrá contado a esa gente todo lo que yo he hecho? ¿Cómo es que estaban tan bien informados de mi conducta?

Fuere como fuese, Fontanis se arregla como puede, pero apenas se ha puesto su traje de nuevo cuando oye unos espantosos gritos por el lado por donde los espectros habían salido de su habitación; aguza el oído y reconoce la voz del marqués pidiendo socorro con todas sus fuerzas.

-¡Que el diablo me lleve si doy un paso! -dice el vapuleado presidente-. Que esos pillos le zurren como a mí si les apetece; no pienso intervenir, cada uno tiene ya bastante con sus propias querellas para meterse en las de los demás.

Mientras tanto el ruido va creciendo, y d'Olincourt entra al fin en el aposento de Fontanis, seguido por sus dos sirvientes y poniendo los tres el grito en el cielo, como si les hubieran degollado: los tres venían cubiertos de sangre, uno llevaba un brazo en cabestrillo, otro una venda en la frente y se habría jurado al verles pálidos, desgreñados y ensangrentados, que acababan de batirse contra una legión de diablos escapados del infierno.

-Oh, amigo mío, ¡qué asalto! -exclama d'Olincourt-. ¡Creí que nos iban a estrangular a los tres!

-Apuesto a que no estáis más maltrechos que yo -responde el presidente, mostrándoles su magullado lomo-. Mirad cómo me han tratado.

-Oh, a fe mía, amigo -le contesta el coronel-, por una vez os veis en el caso de poder presentar una querella justa; no ignoráis el vivo interés que vuestros colegas han mostrado a lo largo de los siglos por los traseros flagelados; convocad a las cámaras, amigo mío, buscad a algún célebre abogado que quiera desplegar su elocuencia en favor de vuestras nalgas magulladas; usando el ingenioso artificio con el que un orador antiguo conmovía al areópago al descubrir ante los ojos del tribunal los soberbios senos de la bella a la que defendía; que vuestro Demóstenes descubría esas atractivas nalgas en el momento más patético de su alegato, que hagan enternecer al auditorio; recordad en especial a los jueces de París ante los que os veréis obligado a comparecer, aquella famosa aventura de 1769, en la que su corazón, mucho más conmovido por el azotado trasero de una buscona que por el pueblo del que se dicen padres y al que dejan, no obstante, morir de hambre, les indujo a abrir un proceso criminal contra un joven militar que, al volver de sacrificar sus mejores años al servicio del príncipe, no encontró otros laureles a su regreso que la humillación perpetrada por la mano de uno de los mayores enemigos de esa misma patria que venía de defender... Vamos, querido camarada de infortunio, démonos prisa, partamos, no hay ninguna seguridad para nosotros en este maldito castillo, corramos a vengarnos, volemos a implorar la equidad de los protectores del orden público, de los defensores del oprimido y de los pilares del Estado.

-Yo no puedo tenerme en pie-contesta el presidente, y además esos malditos bribones me volverían a mondar como a una manzana; os ruego que hagáis que me traigan una cama, y que me dejéis tranquilo en ella al menos veinticuatro horas.

-Ni se os ocurra, amigo mío, os estrangularán.

-Que lo hagan, me lo tendré merecido, pues los remordimientos se despiertan ahora con tanta fuerza en mi corazón, que tendría por una orden del cielo todas aquellas desgracias que le plazca enviarme.

Como el estruendo había cesado por completo y d'Olincourt vio que realmente el pobre provenzal necesitaba algo de descanso, mandó llamar a maese Pedro y le preguntó si había que temer que aquellos bribones volviesen de nuevo a la noche siguiente.

-No, señor -contestó el granjero-; ahora se estarán quietos durante ocho o diez días y podréis descansar con absoluta tranquilidad.

Condujeron al tundido presidente a una alcoba en la que se acostó y descansó como pudo una buena docena de horas; allí seguía cuando de repente se sintió mojado en la cama; levanta la vista y ve que el techo está horadado por mil agujeros por los que caía un raudal de agua que amenazaba con inundarle si no se levantaba a toda prisa; baja velozmente y completamente desnudo a las salas del primer piso, en donde encuentra al coronel y a maese Pedro olvidando sus penas alrededor de un pastel y de una montaña de botellas de vino de Borgoña; su primer impulso fue reírse al ver correr hacia ellos a Fontanis, con un atuendo tan indecente; él les contó sus nuevos infortunios y le hicieron sentar a la mesa sin darle tiempo para ponerse sus calzones, que seguía sujetando bajo el brazo como hacen los habitantes del Pégu. El presidente se puso a beber y halló consuelo para sus males al término de la tercera botella de vino; como aún les sobraban dos horas antes de tener que regresar a Olincourt, prepararon los caballos y partieron.

Duro aprendizaje, marqués, el que me habéis hecho hacer aquí-dice el provenzal, ya en la silla.

-Y no será el último, amigo mío -le contesta D'Olincourt-; el hombre ha nacido para superar pruebas y los hombres de leyes más que nadie; bajo el armiño es donde la estupidez erigió su templo y no respira en paz más que en vuestros tribunales; pero aparte de lo que podáis objetar, ¿era necesario abandonar el castillo sin averiguar lo que allí ocurría?

-¿Acaso hemos ganado algo con saberlo?

-Por supuesto, ahora podemos presentar vuestra querella con mucho mas fundamento.

-¿Querella? Que me lleve el diablo si presento alguna, me guardaré, lo que me ha tocado en suerte y os estaré infinitamente agradecido si no le habláis a nadie de ello.

-Amigo mío, no sois consecuente; si es ridículo presentar una querella cuando le molestan a uno, ¿por qué las estáis siempre buscando, por qué la recomendáis sin cesar? ¡Cómo!

Vos que sois uno de los mayores enemigos del crimen, ¿queréis que quede impune cuando ha quedado tan manifiesto? ¿No es uno de los mayores axiomas de la jurisprudencia suponer que aunque la parte lesionada de su desistimiento, resulta de ello una satisfacción para la justicia? ¿No ha sido visiblemente violada con todo lo que os acaba de suceder? ¿Vais a rehusarle el legítimo incienso que ella exige?

-Todo lo que queráis, pero no diré una sola palabra.

-¿Y la dote de vuestra esposa?

-Confiaré en la equidad del barón y le encargaré la tarea de limpiar esta afrenta.

-Él no se meterá en esto.

-Muy bien, pues comeremos mendrugos.

-¡El valiente! Conseguiréis que vuestra esposa os maldiga y se arrepienta toda su vida de haber unido su suerte a la de un cobarde de vuestra especie.

-Oh, sí, me parece que remordimientos vamos a tener muchos cada uno por su parte, pero, ¿por qué queréis que yo presente ahora una denuncia cuando tanto lo desaprobabais antes?

-Yo no sabía de lo que se trataba; mientras pensé que se podía vencer sin ayuda de nadie elegí esa solución como la más sensata, y ahora, cuando me parece indispensable reclamar en nuestro favor el apoyo de las leyes os lo propongo. ¿Qué hay de inconsecuente en mi conducta?

De maravilla, de maravilla -contesta Fontanis desmontando, pues ya habían llegado a Olincourt-; pero os ruego no decir una sola palabra, es el único favor que os pido.

Aunque no habían estado ausentes más que dos días, en casa de la marquesa había muchas novedades; la señorita de Téroze estaba en cama, una presunta indisposición provocada por la inquietud, por la angustia de saber a su marido en peligro la retenía en el lecho desde hacía veinticuatro horas: un atractivo camisón, veinte varas de gasa alrededor de su cabeza y de su cuello..., una palidez verdaderamente conmovedora que, al hacerla cien veces aún más hermosa, reavivó los ardores del presidente a quien la pasiva flagelación que acaba de sufrir inflamaba aún más el físico. Delgatz se hallaba junto al lecho de la enferma y advirtió a Fontanis en voz baja que ni siquiera diera muestras de deseo en la dolorosa situación en que se encontraba su mujer; el momento crítico había sobrevenido en el período de la menstruación, se trataba nada menos que de una hemorragia.

-Diablos -exclama el presidente-, bien desdichado tengo que ser, acabo de hacerme desollar por esta mujer, y desollar de mano maestra, y aún se me priva del placer de tomarme la revancha con ella. Por lo demás, la población del castillo se había incrementado con tres personajes de los que es indispensable dar cuenta. El señor y la señora de Totteville, gente acomodada de los alrededores, que traían con ellos a la señorita Lucila de Totteville, su hija, jovencita morena y despabilada de unos dieciocho años de edad y que en nada desmerecía junto a los lánguidos encantos de Téroze.

[A fin de no tener por más tiempo en suspenso al lector, vamos a indicarle en seguida quiénes eran estos tres nuevos personajes que habían sido reclutados para la escena, bien para posponer su desenlace o bien para conducirla con mayor seguridad al fin propuesto.

Totteville era uno de esos arruinados caballeros de Saint-Louis que arrastran su orden por el fuego por unas cuantas cenas o por unos cuantos escudos y que aceptan con indiferencia cualquier papel que les propongan interpretar; su presunta mujer era una antigua aventurera en otro campo que, no teniendo ya edad para comerciar con sus encantos, se desquitaba traficando con los de los demás; en cuanto a la bella princesa que pasaba por hija suya, teniendo en cuenta a semejante familia, fácil es imaginar a qué genero pertenecía: discípula de Paphos desde su infancia, ya había arruinado a tres o cuatro recaudadores de impuestos y era por su arte y por sus atractivos por lo que se la había especialmente adoptado; sin embargo, cada uno de estos personajes, escogidos de entre lo mejor que ofrecía su especie, con gran estilo, adiestrados a la perfección y poseyendo eso que se llama el barniz del buen tono, cumplía inmemorablemente lo que se esperaba de ellos, y resultaba difícil, al verles en compañía de caballeros y de damas de elevada condición, no creer que también ellos lo fueran.]

Apenas entró el presidente, la marquesa y su hermana le pidieron informes de su aventura.

-No es nada-respondió el marqués, siguiendo las instrucciones de su cuñado--; es una cuadrilla de bribones que serán reducidos tarde o temprano, habrá que saber lo que el presidente decida al respecto; para todos nosotros será un placer intercambiar opiniones con él.

Y como d'Olincourt se había apresurado a advertir en voz baja de sus éxitos y del deseo que tenía el presidente de que se relegasen al olvido, la conversación cambió de tema y no se volvió a hablar de los aparecidos de Téroze.

El presidente testimonió toda su inquietud a su mujercita y más aún el extremo pesar que sentía porque aquella maldita indisposición hubiera aún de aplazar el instante de su felicidad. Y como era tarde cenaron y se fueron a acostar sin que aquel día ocurriera nada extraordinario.

El señor de Fontanis, que, como buen leguleyo, añadía al cúmulo de sus buenas cualidades una extraordinaria inclinación por las mujeres, descubrió, no sin cierta veleidad, a la joven Lucila en el círculo de la marquesa de d'Olincourt; empezó por informarse, por medio de su confidente La Brie, sobre quién era la joven en cuestión, y éste, tras contestarle de forma que alentaba el amor que veía nacer en el corazón del magistrado, le instó a seguir adelante.

Es una joven de calidad -le contestó el pérfido confidente-, pero no por eso está a salvo de una proposición amorosa de un hombre de vuestra índole. Señor presidente-prosiguió el joven bribón-, vos sois el espanto de los padres y el terror de los maridos, y por muchos propósitos de sensatez que una persona del sexo femenino se haya podido fijar, muy difícil es que se muestre rigurosa con vos. Dejando a un lado la figura, y aunque sólo contara vuestra profesión, ¿qué mujer puede resistirse a los encantos de un servidor de la justicia, con esta gran toga negra, con este birrete cuadrado? ¿Acaso creéis que no se dice todo esto?

-Es cierto que es muy difícil defenderse de nosotros, a nuestras órdenes tenemos a cierto personaje que fue siempre el terror de las virtudes... Tú crees entonces, La Brie, que si yo dijera una palabra...

-Capitularía, no lo dudéis.

-Pero habría que guardarme el secreto. Bien sabes que en la situación en que me hallo es muy importante para mí no dar los primeros pasos con mi mujer con una infidelidad.

-¡Oh, señor!, la hundiríais en la desesperación, con la ternura que siente por vos.

-Sí, ¿crees que me ama un poco?

-Os adora, señor, y engañarla sería un crimen.

-Sin embargo, ¿crees que por otra parte...?

-Vuestros intereses progresarán de modo infalible, si así lo creéis; es sólo cuestión de actuar.

-¡Oh, mi querido La Brie!, me colmas de alegría. ¡Qué placer manejar dos intrigas al mismo tiempo y engañar a dos mujeres a la vez! ¡Sí, engañar, amigo mío, engañar! ¡Qué voluptuosidad para un hombre de la ley!

Como consecuencia de estos estímulos, Fontanis se arregla, se emperifolla, se olvida de los latigazos que le abren las carnes, y mientras engatusa a su mujer, que sigue guardando cama, apunta sus baterías hacia la astuta Lucila, que, tras escucharle al principio con pudor, va poco a poco poniéndole buena cara.

Cuatro días aproximadamente duraba ya esta intriga sin que nadie pareciese reparar en ella cuando se recibieron en el castillo avisos de las gacetas y de los mercurios invitando a todos los astrónomos a observar a la noche siguiente el paso de Venus bajo el signo de Capricornio.

-¡Oh, diablos, singular acontecimiento!-comentó el marqués como versado en ello nada más leer la noticia-. No me hubiera esperado nunca este fenómeno. Poseo, como sabéis, señoras, algunas nociones de esta ciencia; incluso yo mismo he escrito una obra en seis volumenes sobre los satélites de Marte.

-¿Sobre los satélites de Marte? -contestó la marquesa con una sonrisa-. Pues no os son muy propicios, presidente; me asombra que hayáis escogido esa materia.

-Siempre bromeando, adorable marquesa; veo que mi secreto no ha sido guardado.

Bien, sea como sea, siento mucha curiosidad por el acontecimiento que nos anuncian...

¿Y tenéis aquí algún sitio, marqués, a donde podamos ir para observar la trayectoria de ese planeta?

-Desde luego -respondió el marqués-. ¿Acaso no hay encima de mi palomar un observatorio muy bien equipado? En él encontraréis magníficos telescopios, cuartos de círculo, compases, en una palabra, todo lo que caracteriza a un gabinete de astronomía.

-¡Con que sois un poco del oficio!

-No, en absoluto, pero uno tiene ojos como cualquiera, se tropieza con personas cultas y uno se alegra, por ellas, de estar instruido.

-Muy bien, para mí será un placer daros algunas lecciones en seis semanas; os enseñaré a conocer la tierra mejor que Descartes o Copérnico.

Mientras tanto llega el momento de trasladarse al observatorio: el presidente estaba desolado porque la indisposición de su esposa fuera a privarle del placer de hacerse el erudito delante de ella, sin sospechar, el pobre diablo, que era ella quien iba a representar el papel principal en esta singular comedia.

Aunque los globos no fuesen conocidos por el público, eran ya conocidos en 1789, y el hábil físico que había ingeniado este del que vamos a hablar, más sabio que ninguno de los que le siguieron, tuvo el buen sentido de quedar se mirando como los demás y de no decir una sola palabra cuando unos intrusos fueron a robarle su descubrimiento. En el centro de un aerostato perfectamente construido, a la hora fijada, la señorita de Téroze debía elevarse en brazos del conde de Elbene, y esta escena, vista desde muy lejos e iluminada tan sólo por una luz artificial y tenue, había de ser lo bastante bien representada como para impresionar a un necio como el presidente, que no había leído en toda su vida ni una sola obra sobre la ciencia de la que se jactaba.

Todo el grupo sube a lo alto de la torre, se proveen de catalejos y el globo se eleva. -¿Lo veis?-se preguntan unos a otros.

-Todavía no.

-Si, ya lo tengo, lo veo.

-No, no es eso.

-Perdonad, a la izquierda, a la izquierda; poneos mirando hacia el Oriente.

-¡Ah, ya lo tengo! -exclama el presidente entusiasmado-. ¡Ya lo tengo, amigos míos!

Haced lo que yo haga... Un poco más cerca de Mercurio, no tan lejos como Marte, muy por encima de la elipse de Saturno. Allí está, ¡ah, gran Dios! ¡Qué hermoso es!

-Lo estoy viendo como vos -dice el marqués-. Realmente es algo soberbio. ¿Podéis ver la conjunción?

-La tengo al extremo de mi lente...

Y el globo pasa en este momento por encima de la torre.

-¿Y bien? -pregunta el marqués-. ¿Estaban equivocados los avisos que recibimos? ¿No está aquí Venus por encima del Capricornio?

-Sin lugar a dudas-responde el presidente-. Es el espectáculo más hermoso que he visto en toda mi vida.

-Quién sabe -añadió el marqués- si tendréis que subir tan arriba para verlo a vuestro gusto.

-¡Ah, marqués! ¡Qué fuera de lugar están vuestras bromas en un momento tan sublime!

Y cuando el globo se perdió en la oscuridad, todos bajaron contentísimos por el alegórico fenómeno que el arte acababa de prestar a la naturaleza.

-Estoy verdaderamente desolado porque no hayáis venido a compartir con nosotros el placer que nos ha proporcionado este acontecimiento -aseguró al volver el señor de Fontanis a su esposa, a la que halló de nuevo en su lecho-. Es imposible contemplar nada más hermoso.

-Os creo -responde la joven-, pero me han dicho que había en todo ello tal cantidad de cosas indecentes que, en el fondo, no siento en absoluto no haber visto nada.

-¿Indecentes? -replica el presidente con una sonrisa burlona, llena de encanto-. ¡Oh, no!, en absoluto; es una conjunción. ¿Acaso hay algo en la naturaleza que no lo sea? Es lo que tanto me gustaría que sucediera al fin entre nosotros, y que se llevara a efecto en cuanto lo deseéis. Pero decidme, en honor a la verdad, dueña soberana de mis pensamientos...

No es bastante tener en suspenso a vuestro esclavo? ¿No vais a concederle pronto la recompensa a sus pesares?

-¡Ay, ángel mío! -le responde amorosamente su joven esposa-. Creed que lo procuro con tanta ansiedad como vos, por lo menos, pero ya veis mi estado... Y lo veis sin lamentarlo, cruel, aunque sea obra vuestra del principio al fin: no os atormentéis tanto por lo que os interesa y antes me repondré.

El presidente se sentía ponlas nubes al verse lisonjeado de esta forma; se pavoneaba, erguía la cabeza. Jamás picapleitos alguno, ni siquiera los que acaban de colgar a alguien, había mostrado nunca un cuello tan estirado. Pero como, con todo ello, los obstáculos se multiplicaban por el lado de la señorita de Téroze, mientras que por el de Lucila, por el contrario, todo eran mieles, Fontanis no dudó en preferir los mirtos floridos del amor a las tardías rosas del himeneo. La una no se me puede escapar-decía para sí-, la tendré siempre que me apetezca, pero la otra a lo mejor no se queda aquí más que un momento.

Hay que darse prisa y sacarle partido, y de acuerdo con estos principios Fontanis no desperdiciaba ninguna ocasión que pudiera servir a sus intrigas.

-¡Ay, señor!-le decía un día esta joven con fingido candor-. ¿No me convertiré en la más desdichada de las criaturas si os concedo lo que me pedís...? Comprometido como vos lo estáis, ¿podréis alguna vez reparar el daño que infringiríais a mi reputación?

-¿Qué queréis decir con reparar? No se repara nada en esos casos, es lo que se llama arar en el mar; no tendremos más que reparar uno que otro. Con un hombre casado no hay nunca nada que temer, porque él es el primer interesado en el secreto, y así, pues, eso no os impedirá encontrar un marido.

-Y la religión y el honor, señor...

-Todo eso son pamplinas, corazón mío; bien veo que sois como una Inés y que necesitáis pasar algún tiempo en mi escuela. ¡Ah, cómo voy a hacer que desaparezcan todos esos prejuicios de la infancia!

-Pero yo creía que vuestra condición os obligaba a respetarlos.

-Pues claro que sí, por fuera; nosotros no tenemos para nosotros más que el exterior; hay que impresionar con él al menos, pero una vez despojados de ese vano decoro que nos obliga a ciertos miramientos nos parecemos en todo al resto de los mortales. ¡Oh!, ¿cómo podríais creernos libres de sus vicios? Nuestras pasiones, mucho más encendidas por el relato o la continua pintura de las de los demás, no nos hacen diferentes más que por los excesos que ellos no saben apreciar y que constituyen nuestras delicias diarias; al amparo casi siempre de las leyes con que hacemos temblar al prójimo, esa impunidad nos inflama y nos va haciendo más y más alevosos...

Lucila escuchaba todas estas futilidades, y a pesar del horror que le inspiraban el físico y la moral de este abominable personaje, seguía dándole facilidades, pues sólo con esa condición le había sido prometida la recompensa. Cuanto más progresaban los amoríos del presidente, más insoportable le iba volviendo su fatuidad: no hay en el mundo nada tan divertido como un picapleitos enamorado; es el cuadro más acabado de la torpeza, de la impertinencia y de la necesidad. Si el lector ha visto en alguna ocasión a un pavo cuando se dispone a multiplicar su especie, ya tiene la idea más cabal del esbozo que querríamos ofrecerle. Por más esfuerzos que hacía por disimular, un día en que su insolencia le había puesto, no obstante, demasiado al descubierto, el marqués quiso emprenderla con él en la mesa y humillarle delante de su diosa.

-Presidente -le dijo-, acabo de recibir ciertas noticias que os habrán de afligir.

-¿Cuáles, pues?

-Se asegura que el Parlamento de Aix va a ser suprimido; el pueblo se queja de que es inútil. A Aix le hace mucha menos falta un Parlamento que a Lyon, y esta ultima ciudad, demasiado alejada como para depender de París, englobará a toda la Provenza; la domina y está muy convenientemente situada para albergar en su seno a los jueces de una provincia tan importante.

Ese arreglo carece de sentido común. Es acertado. Aix está en el fin del mundo; un provenzal, viva donde viva, siempre preferirá ir a Lyon para sus asuntos que a vuestro lodazal de Aix. Caminos espantosos, ni un solo puente sobre ese Durance que, como vuestras cabezas, se sale de sus cauces nueve meses al año, y además, no os lo voy a ocultar, ciertos fallos particulares. Ante todo se censura vuestra composición; no hay, según se afirma, ni un solo individuo en todo el Parlamento de Aix que tenga un nombre... Comerciantes de atún, marineros, contrabandistas; en una palabra, una cuadrilla de picaros despreciables con los que la nobleza no quiere tener el menor trato y que oprime al pueblo para resarcirse del descrédito en que vive: zopencos, imbéciles... Perdonad, presidente, os digo lo que me han comunicado; después de cenar os dejaré la carta para que la leáis.

Unos bellacos, en suma, que llevan el fanatismo y el escándalo hasta el punto de dejar en su ciudad, como prueba inequívoca de su integridad, un patíbulo siempre levantado, que no es sino un monumento de su zafio rigorismo, cuyas piedras debería arrancar el pueblo para lapidar a esos insignes verdugos que con tanta insolencia aún se atreven a imponerle su yugo; uno se extraña de que no lo haya hecho todavía, y parece ser que no va a tardar demasiado... Un sinnúmero de injustas detenciones, una afectación de severidad cuyo único objeto es el de permitirse todos los crímenes legales que les viene en gana perpetrar y otras cosas, en fin, mucho más serias que habría que añadir a todo esto... Se llega a decir abiertamente que son encarnizados enemigos del Estado y que lo han sido en todas las épocas. El público horror que inspiraron vuestros excesos de Mérindol aún no se ha extinguido en los corazones. ¿No ofrecisteis en aquella ocasión el espectáculo más espantoso que se pueda describir? ¿Puede uno imaginar sin estremecerse a los depositarios del orden, de la paz y de la justicia asolando la provincia como enloquecidos, con una antorcha en una mano y el puñal en la otra, quemando, matando, violando y masacrando cuanto se les ponía por delante, como una partida de tigres enfurecidos escapados de la selva?

¿Es propio de unos magistrados conducirse de esa manera? Se recuerdan asimismo varias circunstancias en las que os negasteis obstinadamente a socorrer al rey en sus necesidades, y en diversas ocasiones estuvisteis más dispuestos a sublevar a la provincia que a permitir que se os incluyera en la nómina de contribuyentes. ¿Creéis que está olvidada aquella desdichada época en que, sin que os amenazara peligro alguno, fuisteis, a la cabeza de los habitantes de vuestra ciudad, a entregar sus llaves al condestable de Borbón, que había traicionado a su rey, y aquella otra, cuando temblando nada más que por la proximidad de Carlos V, os apresurasteis a rendirle homenaje y a hacerle entrar dentro de vuestros muros? ¿No es bien sabido que fue en el seno del Parlamento de Aix donde se sembraron las primeras semillas de la Liga, y que en todos los tiempos no fuisteis más que unos facciosos, unos rebeldes, unos asesinos o unos traidores? Vosotros lo sabéis mejor que nadie, señores magistrados provenzales: cuando se desea perder a alguien se averigua todo cuanto haya podido hacer anteriormente; se sacan a relucir sus antiguas faltas para agravar la suma de las nuevas. No os extrañéis, pues, de que se comporten con vos como vos hicisteis con los desgraciados que inmolasteis en aras de vuestra pedantería.

Aprended, mi querido presidente, que ultrajar a un ciudadano honrado y pacífico no le está más permitido a una corporación que a un particular, y si ese gremio persiste en una insensatez semejante, que no se sorprenda cuando vea alzarse contra él todas las voces, apelando a los derechos del débil y de la virtud en contra del despotismo y de la iniquidad.

El presidente, sin poder soportar estas acusaciones ni tampoco responder a ellas, se levantó de la mesa como un poseso, jurando que iba a abandonar la casa. Tras el espectáculo de un picapleitos enamorado no existe nada tan irrisorio como el de un picapleitos encolerizado; los músculos de su rostro, naturalmente moldeados por la hipocresía, forzados a pasar de súbito a las contorsiones de la ira, sólo lo van consiguiendo mediante violentas gradaciones cuya evolución es sumamente cómica de ver. Cuando ya se habían divertido bastante con su arrebato de despecho, como aún no se había llegado a la escena que debía, o al menos eso esperaban, librarles de él para siempre, se esforzaron en tranquilizarle, acudieron junto a él y le apaciguaron. Olvidando con notable facilidad por la noche todas las pequeñas vejaciones de la mañana, Fontanis recobró su talante habitual y todo se olvidó.

La señorita de Téroze iba mejorando, y aunque algo abatida exteriormente, bajaba, no obstante, para las comidas e incluso salía a pasear un poco con todos los demás. El presidente, ya con menos prisas, pues Lucila le tenía totalmente ocupado, comprendió que bien pronto no iba a poder ocuparse más que de su mujer. Por consiguiente, decidió precipitar la otra intriga. Había llegado el momento crítico; la señorita de Totteville no oponía ya el menor reparo, y no se trataba más que de encontrar un lugar seguro para el encuentro.

El presidente propuso su dormitorio de soltero. Lucila, que no dormía en la habitación de sus padres, aceptó encantada ese sitio para la noche siguiente y en seguida se lo comunicó al marqués; le señalan su papel y el resto de la jornada transcurre tranquilamente.

Hacia las once, Lucila, que debía acudir antes que él al lecho del presidente, con ayuda de una llave que éste le había confiado, pretextó un dolor de cabeza y salió. Un cuarto de hora después, el impaciente Fontanis va a retirarse, pero la marquesa decide que aquella noche, para honrarle, quiere acompañarle hasta su aposento. Todos los presentes comprenden la broma, la señorita de Téroze es la primera en regocijarse, y haciendo caso omiso del presidente, que está con el alma en vilo y que habría deseado sustraerse a aquella ridícula atención, o al menos prevenir a la que pensaba que iba a ser sorprendida, cogen unos candelabros, los hombres pasan delante, las damas rodean a Fontanis y en este divertido cortejo llegan a la puerta de su habitación... Nuestro infortunado galán apenas podía respirar.

Yo no respondo de nada-decía balbuceando-. Pensad en la imprudencia que cometéis.

¿Quién os asegura que el objeto de mis amores no esté tal vez esperándome en este preciso instante en mi cama? Y si así fuera, ¿os dais cuenta de todo lo que puede resultar de la inconsecuencia de vuestro proceder?

-A todo evento-contesta la marquesa abriendo la puerta de golpe-. Vamos, belleza, que por lo visto estáis esperando al presidente en su cama; dejaos ver y no tengáis miedo.

Pero cuál no sería la sorpresa general cuando las luces colocadas enfrente del lecho descubren a un asno monstruoso blandamente recostado sobre las sábanas y que, por una divertida fatalidad, satisfechísimo sin duda del papel que le hacían representar, se había dormido apaciblemente sobre el lecho del magistrado y roncaba con voluptuosidad.

-¡Ah, pardiez! -exclamó d'Olincourt, reprimiendo la risa-. Presidente, contempla un instante la dichosa sangre fría de este animal. ¿No se podría decir que es uno de tus colegas de la audiencia?

El presidente, sin embargo, muy contento por salir bien librado con esta broma, se figuraba que así se correría un velo sobre todo lo demás, y que Lucila, al darse cuenta, habría tenido la prudencia de no dejar que se sospechara su intriga en lo más mínimo; el presidente, repito, se empezó a reír con el resto. Sacaron como mejor pudieron al jumento, muy afligido por haber sido interrumpido en su sueño; pusieron sábanas blancas y Fontanis reemplazó muy dignamente al más soberbio asno que se había encontrado en la comarca.

-Verdaderamente es igual-comentó la marquesa cuando le vio acostado-. Nunca pensé que existiera un parecido tan asombroso entre un asno y un presidente del Parlamento de Aix.

-Qué equivocación la vuestra, señora-replico el marqués-. ¿No sabéis que ese tribunal ha elegido siempre sus miembros de entre estos doctores? Apostaría a que el que habéis visto salir de aquí fue su primer presidente. La primera preocupación de Fontanis a la mañana siguiente fue preguntarle a Lucila cómo se las había arreglado para salir del aprieto: ella, bien asesorada, le contestó que al darse cuenta de la broma se había retirado en seguida, pero con la inquietud, no obstante, de haber sido traicionada, cosa que le había hecho pasar una noche espantosa, deseando ardientemente que llegara el momento en que pudiese aclararlo todo. El presidente la tranquilizó y obtuvo la revancha para el día siguiente; la pudibunda Lucila se hizo un poco de rogar, Fontanis se puso aún más ardoroso y todo quedó fijado conforme a sus deseos. Pero si la primera cita había sido estropeada por una cómica escena, ¡qué fatal acontecimiento iba a dar al traste con la segunda! Los detalles se arreglan como dos días antes; Lucila se retira la primera, el presidente la sigue poco después, sin que nadie se interponga; la encuentra en el lugar convenido, y estrechándola entre sus brazos se disponía ya a darle pruebas inequívocas de su pasión... De pronto las puertas se abren: son el señor y la señora de Totteville, la marquesa, la señorita de Téroze en persona.

-¡Monstruo! -exclama esta última, arrojándose enfurecida sobre su marido-. ¿Así es como te ríes de mi candor y de mi ternura?

-Hija atroz-le dice el señor de Totteville a Lucila, que se ha arrojado a los pies de su padre-. Es así como abusas de la honesta libertad que te concedíamos...

Por su parte, la marquesa y la señora de Totteville lanzan miradas enfurecidas a los dos culpables, y la señora de d'Olincourt pasa de este primer gesto a recoger a su hermana, que se desmaya en sus brazos. Difícilmente se podría describir el semblante de Fontanis en medio de esta escena: la sorpresa, la vergüenza, el terror, la inquietud, todos estos dispares sentimientos le agitan a la vez y le inmovilizan como a una estatua; entretanto llega el marqués, se informa y se entera con indignación de cuanto sucede.

-Señor -le dice con severidad el padre de Lucila-, nunca me habría esperado que en vuestra casa una joven honesta pudiera temer afrentas de esta índole; no os extrañe que no esté dispuesto a tolerarlo y que mi mujer, mi hija y yo partamos al instante para pedir justicia a aquellos de quienes debemos esperarla.

-En verdad, señor -dice entonces el marqués con sequedad al presidente-, convendréis en que estas son escenas que poco podía esperarme. ¿No fue para deshonrar a mi cuñada y a mi casa por lo que quisisteis uniros a nosotros?

Después, dirigiéndose a Totteville:

-Nada más justo, señor, que la reparación que exigís, pero me atrevo a rogaros encarecidamente que procuréis evitar el escándalo. No es por este bellaco por quien os lo pido, no es digno más que de desprecio y de escarmiento, es por mí, señor, por mi familia, por mi desdichado suegro, que, después de depositar toda su confianza en este pantalón, va a morir del pesar de haberse equivocado.

Me gustaría complaceros, señor -responde con altivez el señor de Totteville, llevando a su mujer y a su hija-, pero me permitiréis que ponga mi honor por encima de todas esas consideraciones. No os veréis comprometido, caballero, en la querella que voy a presentar; sólo este malnacido lo estará... Me permitiréis que no escuche nada más y que acuda al instante allí donde la venganza me reclama.

Con estas palabras, los tres personajes se van, sin que ningún esfuerzo humano pueda detenerlos, y vuelan, según dicen, a París, a presentar un recurso contra las humillaciones que ha querido infligirles el presidente Fontanis... Mientras tanto, en el desdichado castillo no reina ya más que la inquietud y la desesperación; la señorita de Téroze, apenas restablecida, vuelve a caer enferma en el lecho con una fiebre que se asegura que es peligrosa; el señor y la señora d'Olincourt prorrumpen en amenazas contra el presidente, que, no disponiendo contra los rigores que le amenazan de más asilo que aquella mansión, no se atreve a revolverse contra las reprimendas que con tanta justicia le dirigen. Y ya duraba tres días este estado de cosas, cuando ciertos informes secretos comunican al marqués al fin que el asunto empieza a ser de lo más serio, que se está viendo por lo criminal y que están a punto de condenar a Fontanis.

-¿Pero cómo? ¿Sin escucharme? -pregunta el asustado presidente.

-Es la regla -le contesta d'Olincourt-. ¿Acaso se conceden medios de defensa a quien la ley condena? ¿Uno de vuestros hábitos más respetables no es el de deshonrarle antes de escucharle? Contra vos no emplean más que las armas de que os habéis servido contra los demás. Después de ejercer la justicia durante treinta años, ¿no es razonable que, al menos una vez en vuestra vida, seáis vos su víctima?

-¿Pero por un asunto de mujeres...?

-¿Cómo que por un asunto de mujeres? ¿Acaso no sabéis que ésos son los más peligrosos?

El desdichado incidente, cuyos recuerdos os han costado quinientos latigazos, ¿qué otra cosa era sino un asunto de mujerzuelas? ¿No creisteis en cierta ocasión que por un asunto de mujerzuelas os estaba permitido deshonrar a un gentilhombre? El talión, presidente, la ley del talión; esa es vuestra brújula. Acatadla con entereza.

-¡Cielos! -exclama Fontanis-. En el nombre de Dios, ¡no me abandonéis, hermano mío!

-Estad seguro de que os ayudaremos -le contesta d' Olincourt-, a pesar de la injuria que nos habéis nfligido y de las quejas que tenemos contra vos, pero el único medio es riguroso..,vos lo conocéis.

-¿Cuál es?

La magnanimidad del rey o una orden de detención; es lo único que se me ocurre.

-¡Qué funestos extremos!

Convengo en ello, pero, ¿sabéis de otros? ¿Preferís salir de Francia y desaparecer para siempre o que unos anos de cárcel arreglen tal vez todo esto? Además, este procedimiento que tanto os subleva, ¿no lo habéis empleado vos y los vuestros? ¿No fue con vuestras bárbaras recomendaciones como acabasteis de hundir a aquel gentilhombre al que los espíritus tan cumplidamente han vengado? ¿No llegasteis a poner a aquel desventurado militar, a base de prevaricaciones tan peligrosas como castigables, entre la prisión o la infamia? ¿No cesasteis en vuestra despreciable persecución a condición de que fuera aniquilado por la del rey? No hay, pues, nada sorprendente querido amigo, en lo que yo os propongo; no sólo conocéis ya esa solución, sino que en este momento os debería parecer deseable.

-¡Oh, recuerdos atroces! -exclama el presidente, derramando lágrimas-. ¡Quién iba a decirme que la venganza del cielo estallaría sobre mi cabeza en el momento casi en que se consumaban mis crímenes! Me devuelven cuanto he hecho; sufrámoslo, sufrámoslo y callemos.

Pero como cualquier gestión corría prisa, la marquesa aconsejó decididamente a su marido que fuera a Fontainebleau, en donde se hallaba entonces la Corte. En lo que respecta a la señorita de Téroze, ella no entraba en modo alguno en esta recomendación; el rencor, por fuera, y el conde de Elbene, por dentro, la seguían reteniendo en su alcoba, cuya puerta estaba invariablemente cerrada para el presidente. Éste se había llegado hasta allí varias veces y había tratado de que se le abriera como pago a sus remordimientos y a sus lágrimas, pero siempre infructuosamente.

El marqués, pues, partió. El trayecto era corto y regresó dos días después, escoltado por dos oficiales de justicia y provisto de una orden cuya simple visión hizo estremecer al presidente en todos sus miembros.

-No podíais haber llegado más a propósito- dijo la marquesa, que fingía haber recibido ciertos informes de París mientras su marido estaba en la Corte-. El proceso se sigue por lo extraordinario, y mis amigos me escriben que hay que hacer que el presidente se escape, cuanto antes mejor. Mi padre ha sido informado; está sumido en la desesperación; nos recomienda que atendamos cumplidamente a su amigo y que le transmitamos el pesar que le ha producido todo esto... Su salud no le permite ayudarle más que con deseos, que más sinceros serían si él hubiera sido más cuerdo... Esta es la carta.

El marqués la leyó con rapidez, y después de exhortar a Fontanis, a quien le costaba un tremendo esfuerzo decidirse por la prisión, le encomendó a sus dos guardias, que no eran sino dos sargentos de caballería de su regimiento, y le instó a que se consolara, con tanto más motivo puesto que no iba a perderle de vista.

-He obtenido con muchísimo esfuerzo -le dijo una fortaleza situada a cinco o seis leguas de aquí; allí estaréis a las órdenes de un viejo amigo mío que os tratará como sí fuerais yo mismo; le envío con vuestros guardias un mensaje para recomendaros aún con mayor interés; así, pues, estad tranquilo.

El presidente lloró como un niño; nada es tan amargo como los remordimientos del crimen, que ve cómo se vuelven en su contra todas las calamidades que él mismo ha desencadenado...

Pero no por eso era menos necesario ponerse en marcha. Suplicó encarecidamente que le permitieran abrazar a su esposa.

-Vuestra esposa -le contestó la marquesa secamente-por fortuna aún no lo es, y en medio de todas nuestras calamidades ese es el único consuelo que nos queda.

-Sea -respondió el presidente-, me armaré de valor para soportar este nuevo golpe -y subió al coche de los oficiales.

El castillo al que conducían al desdichado era el de una posesión de la dote de la señora de d'Olincourt, y todo estaba preparado para recibirle. Un capitán del regimiento de Olincourt, hombre severo y huraño, estaba encargado de representar el papel de gobernador.

Recibió a Fontanis, despidió a los guardias, y al tiempo que enviaba a su prisionero a una pésima habitación, le dijo sin ambages que tenía respecto a él órdenes ulteriores de una severidad que le era imposible eludir. Abandonaron en esta cruel situación al presidente durante cerca de un mes. Nadie le visitaba, no le servían más que sopa, pan y agua; se acostaba sobre un montón de paja, en una habitación de una humedad espantosa, y no entraban en ella más que como en la Bastilla, es decir, como en un parque de fieras, única y exclusivamente para llevarle la comida. Durante esta funesta reclusión el desventurado leguleyo se entregó a crueles reflexiones, que nadie estorbó lo más mínimo. Al fin, el falso gobernador apareció y tras consolarle a medias le habló de la siguiente manera:

-No os puede caber la menor duda, señor -le dijo-, de que el primero de vuestros errores fue querer uniros a una familia tan por encima de vos en todos los aspectos. El barón de Téroze y el conde d'Olincourt son gentes de la más rancia nobleza, considerados en toda Francia, y vos no sois más que un miserable picapleitos provenzal, tan sin nombre como sin crédito, sin patrimonio como sin reputación; simplemente con que os hubierais mirado un instante vos mismo habríais tenido que confesar al barón de Téroze que se engañaba acerca de vos y que no erais en modo alguno digno de su hija. ¿Cómo pudisteis, además, creer ni por un momento que esa joven, hermosa como el amor, pudiera ser la esposa de un mono viejo y feo como vos? Uno se puede ofuscar, pero no hasta ese extremo.

FIN SEGUNDA ENTEGA

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