Editor: César Ortega  |  12:42h. 25.05.2017

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05/12/2016 13:31h.

MANUEL ORTEGA

En Tenerife también hubo Movida (de fantasmas y lenguines)

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La guerrita entre Chicharreros y Laguneros viene de viejo. En realidad no hay nada extraño en esa incomprensión, la nuestra es una identidad de ropero: chubasquero y bufanda para los laguneros; cholas y gafas de sol para el chicharro ;-)

Hace años, en una visita por los caseríos de Anaga, territorio común de ambos municipios, me dijo un viejito (sentado al borde de la carretera, sombrero calado, la manta echada para detrás, ojos vivos, achispado tras echar la tarde con tres o cuatro vasitos de ese vinillo turbio de ellos) que hay tres tipos de canario: "el Canarión, envidioso; el Chicharrero, fantasma; y el Lagunero, lenguín". Somos afortunados, le dije, ricos en variedad de carácter, a pesar de ser pobres en territorio. El viejito calló un rato, me miró y luego miró el sol de poniente tras el roque de Afur. "Ya nadie recoge el barranco, y el sacho les da dolor de espalda…", y sorbió otro buchito del vaso. Comprendí que ya estaba todo dicho, así que me escabullí silencioso, como la sombra de un fantasma.

Cuando era apenas un pibe me preguntaron si era ramblero o lagunero… me daban a elegir (qué guay). Probé de los dos sitios y, bueno, la cabra tira al monte, así que me até el suéter a la cintura y enfilé esa Rambla un viernes al caer la tarde, aún no muy convencido. Pero esa noche hubo magia, allí en la mitad del kiosco La Paz, improvisó un concierto la banda legendaria del Chicharro: Palmera (ex-Eructo del Bisonte). Era un caos, los coches intentaban pasar pero la multitud simplemente desbordó la acera central de la rambla.

El ambiente lagunero estaba bien, rollo alternativo y tal, pero en la Rambla encontrabas el autentico crisol que era la sociedad isleña de aquel tiempo. Punkis con la cresta y sus chupas de clavos, Skins fachas calvos con tirantes y esvásticas, los Rockers con sus chicas encueradas y las motos en medio de la rambla, junto a los lajas autóctonos siempre mosqueados; todos daban lustre al bulevar. Había auténticos enfrentamientos (a menudo con violencia), por conquistar el territorio. Las fiestas en la zona, desde el Centro Gallego hasta la Sindical, eran siempre territorio comanche.

Aquella noche pude zafarme del control de mis hermanos mayores (benditos sean), y me lancé sobre la multitud que se apretujaba en la rambla, gritando las canciones de Palmera. ¡Luci, no paro de llamarte!. Grité y salté como un loco, anónimo, feliz y borracho de un modo como nunca después el alcohol me hizo sentir. Era un pibe de la rambla, era un ramblero.

Manuel Ortega

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Viñeta del 24/05/2017

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