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Editor: César Ortega  |  07:39h. 29.04.2017

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Los negros, los blancos y los curas falsos

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Mi padre fue una vez el rey negro de la cabalgata de mi pueblo, muy abajo, allá en el sur. Yo era muy pequeño y no guardo conciencia de aquello, pero recuerdo bien como cada navidad mi madre sacaba de un cajón la vieja foto en la que mi padre salía de Baltasar, tiznado como un minero y con una sonrisa de oreja a oreja.

La foto, en blanco y negro, se convirtió en capítulo anual y anécdota obligada; nunca faltaron, en el Belén los camellos y en las conversaciones el éxito de mi padre como rey mago africano.

De blancos, negros y cabalgatas también se ha hablado este año en algunos pueblos. El cinco de enero se ha echado encima sin el elenco racial apropiado y algún vecino de buen corazón ha apañado tizón en mano, por el bien de los niños y por el de la celebración. Pero ahora que hay redes sociales, mucha gente se pregunta por qué tiene que hacer de negro un blanco, habiendo tanto negro en el mundo. Y ahí que se monta el pitote. En Madrid fue noticia que el negro fuera por fin un negro natural. Ocurrió hace nada, en 2014; esto parece una tontería, pero no lo es.

En mi infancia los negros eran personajes de tebeos, actores de películas y rockeros americanos. Nadie había visto uno en carne y hueso en mi pueblo. Recuerdo el primero, que tuvo que acostumbrarse a que le espiaran desde las ventanas cuando pasaba por la calle. Daban ganas de tocarle de lo raro que era. Ocurrió hace nada, corrían los años 70 y 80; así de ignorantes nos dejó el régimen de los vencedores mientras las democracias europeas maduraban.

Décadas de Baltasares a medio camino entre un fogonero y Nat King Cole han hecho jurisprudencia sentimental y el perdón se antoja fácil. Pero los detalles pesan, y más en un país como el nuestro, donde la derecha aún no se ha depilado el bigotito recortado ni le ha crecido la conciencia de lo público, y la extrema izquierda huele a checa cuando se emborracha. Los detalles pesan cuando se es un niño y el adulto futuro está tomando forma. Los detalles pesan cuando las travesuras ya no quedan en casa, sino que todos pueden formarse opinión. Servidumbres de la tecnología.

Afortunadamente, España puso un pie en el mundo. A medida que hemos aprendido cosas hemos dejado de ser mano de obra barata en el extranjero y podemos ser becados erasmus a la altura de cualquier rubio pecoso. Ahora sabemos que un tipo con los ojos rasgados no es un "chino" a palo seco; puede ser coreano, japonés, tailandés, vietnamita, hasta ruso puede ser. Y todas esas cosas son muy diferentes.

Gracias a mi barba, yo fui exótico en China. Los campesinos que hacían turismo por la Plaza de Tiananmen nunca habían visto de cerca a un humano con los ojos redondos y el rostro lleno de pelos. Cándidamente, muchos de ellos se acercaban y pedían cortésmente hacerse una foto conmigo, amén de tirarme de la barba entre grandes risotadas. Otros, más tímidos pero igual de atrevidos, se arrimaban disimuladamente y con alevosía apremiaban al amigo fotógrafo. Disfrutaban su instantánea como el que se fotografía con un picasso en un museo o con una jirafa en un zoológico.

Con más boato, en las fiestas elegantes de la recién enriquecida buena sociedad china pagaban a occidentales para que se pasearan como floreros. Daban caché al evento y crédito a los anfitriones. Ahora que ya todos saben que los verdaderos ricos son los chinos, la tendencia se ha diluido e incluso se ha invertido. Extraña capitalización de la condición racial. Pero cuando el dinero fluye, los prejuicios son lo de menos.

Lo del falso negro del rito religioso también tiene su versión litúrgica en el lejano Oriente. Un buen amigo mío, sevillano y residente en Japón, trabaja a tiempo parcial en Osaka oficiando bodas de japoneses disfrazado de cura occidental falso. Es una moda en la que el fondo importa poco, salvo el amor verdadero, y la forma lo es todo. A los novios les importa un rábano la ordenación del oficiante, siempre que siga el guión y parezca lo suficientemente blanco. Como con nuestro Baltasar, que poco importa que sea rey o africano de verdad, siempre que sea bien negro. Otra cosa sería interpretar a Obama o a Mandela con la cara tiznada. Entonces sí que se montaría una buena.

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