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DCLM.ES · Castilla-La Mancha · La Ventana de CLM

¿Es el turismo la nueva panacea? / Plumaroja

31.08.2017

La Ventana de CLM en Castilla-La Mancha

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Desde hace seis décadas se repite como un mantra que el turismo ha sido la palanca económica de España; que ha sacado de la pobreza a regiones enteras, de interior y costeras, y que ha modificado las costumbres y usos del país. Es cierto que sin una dirección clara y sin estrategias ha servido, sin embargo, para capitalizar y modernizar la economía española.

Hoy, el turismo me recuerda al Concejo de la Mesta, amparado por Alfonso X y mantenido por los reyes españoles hasta el siglo XVIII porque era su mejor aliado en la economía de guerra y en las finanzas. La Mesta fue responsable de una enorme desertización del país para generar zonas de pasto y ante ella todos claudicaban. Los reyes la reforzaban porque era también un instrumento de centralización y de apoyo al poder real. Sólo algunos ilustrados, como Jovellanos o Campomanes, pidieron su disolución cuando ya los tiempos habían cambiado y en Inglaterra y Holanda se había iniciado lo que sería la Revolución industrial.

Como en un ciclo eterno, todavía hay muchos alcaldes, consejeros autonómicos y ministros que piensan que el turismo sigue siendo la panacea que nos va a sacar de la crisis, y eso con los parámetros de antaño, es decir, el crecimiento sin detenerse a pensar en los costes ambientales, sociales o culturales. Sin embargo, el mundo ha cambiado mucho en los últimos sesenta años: hay más actores, más destinos turísticos, la movilidad ha experimentado una verdadera revolución y los turistas no son los mismos. España, ni es la única, ni la más accesible, ni la más barata. Los rivales han crecido y las tres revoluciones que señala Moisés Naim –demográfica, de transporte y de comunicación- han transformado por completo a la industria turística.

Mientras, en España, los gestores institucionales y privados del turismo alardean de unas cifras engañosas, siempre triunfalistas, sin dudas ni autocrítica, siguen ciegos ante los signos del cambio climático, la conservación de los recursos esenciales –como el agua potable- o la destrucción del paisaje, un mal imparable que parece no tener fin. Por una extraña razón, la España turística actúa en contradicción consigo misma y con el principio básico de la economía neoclásica que sostenía que las personas actuaban racionalmente en defensa de sus propios intereses. Sin instinto de supervivencia y aferrada a acciones e intereses a muy corto plazo, hace tiempo que mataron la cacareada gallina de los huevos de oro.

Ha sido una especie de capitalismo de Estado, el clientelismo y la debilidad de las empresas privadas, que se han apoyado en el Estado, Autonomías y Ayuntamientos para lograr sus fines, lo que ha arruinado el turismo. No es casual que muchos de los escándalos de corrupción tengan una ramificación en las ferias de turismo, exposiciones y viajes de promoción al extranjero. Es este tipo de economía el que se ha aprovechado de las recalificaciones del suelo, de los negocios turbios inmobiliarios, de la escasa formación de capital y de las decisiones de empresas familiares sin control de accionistas ni del libre mercado. Eso es lo que ha arruinado el paisaje, ha creado sobreoferta y ha nivelado por lo bajo la oferta turística española en las costas, que es cerca del 80% del total.

Asistimos, pues, a una paradoja: se habla de turismo, de su aportación a la economía española y de su peso estratégico pero pocos conocen a fondo los mecanismos económicos del sector. Para empezar, se le trata como un sector comercial más y no lo es. En ese grandísimo error se sostiene el inmenso edificio turístico español que parte de la base de que cuantos más turistas, mejor. Y, además, pensando siempre en los turistas extranjeros cuando sabemos que el turismo nacional es más importante, en una proporción aproximada de entre el 55 y el 45%, y que es el que realmente mide la buena salud turística de un país.

La paradoja aparece cuando constatamos que a mayor número de turistas menor atractivo tiene un destino. La masificación genera una sensación de invasión que produce en la población local una mayor negligencia en el servicio y un descenso evidente de la hospitalidad precisamente por ver al turismo más como una molestia que un beneficio. La satisfacción marginal añadida a cada nuevo turista va descendiendo conforme un destino va masificándose, como ocurre en un museo o en un monumento histórico en el que, a partir de un número de visitantes, ya no permite la contemplación tranquila. Es decir, cuanto más se vende el producto más se devalúa, en un proceso que es justamente el contrario a los demás productos comerciales, en los que más ventas equivalen a más éxito. Ahí radica su complejidad.

El más es mejor, procedente de una mentalidad militar consecuencia de años de dictadura, que creía que un PNB mayor significaba más poder, se aplicó automáticamente a lo turístico. Y, sin embargo, países como Austria, Suiza o Noruega, con muchos menos turistas, obtienen una rentabilidad mucho mayor por visitante. Una vez asentada la idea del crecimiento a toda costa, el aumento de la oferta obligaba a la ampliación de la demanda, que se consigue abaratando precios o recurriendo a la publicidad masiva (sufragada, eso sí, en su 95%, con fondos públicos) ya que, para intentar amortizar esa enorme inversión, hay que generar una necesidad.

Ni la izquierda ni la derecha han puesto en cuestión jamás el modelo turístico que traía dinero a las arcas de empresarios y creaba empleo (aunque fuera temporal y poco cualificado). A posteriori, y ante hechos consumados como la oferta –la sobreoferta-, había que llenar playas, hoteles y aeropuertos. La dinámica del crecimiento se convertía en imparable.

Sería necesario huir de ese pensamiento, relativamente cómodo y aceptado, e introducir dudas sobre nuestro modelo turístico. Un modelo basado únicamente en que el crecimiento es bueno per se. Tan bueno que incluso las obligaciones del Estado social de derecho, como la defensa por parte del Estado de los bienes públicos (aire, agua, naturaleza, paisaje, dominio público) han sido subordinados a intereses privados. El catálogo de claudicaciones (recordemos El Algarrobico, perpetrado bajo la mirada tolerante de la Junta de Andalucía) y amnistías (sobre todo urbanísticas) es inmenso.

Pero el turismo es un sector agradecido y amable que da buenas noticias a los políticos y magníficos titulares a los periodistas. Todos los ministros del ramo, sin excepción, han presumido de las cifras. Cifras que siempre crecen y por las que nadie indaga, salvo los ecologistas y aguafiestas. Cuantos más millones, mejor. Nadie se cuestiona cómo se distribuyen millones, ni dónde se queda el dinero (casi siempre en turoperadores y líneas aéreas extranjeras), lo importante es la cifra mágica. Aumentan los turistas, el sector va bien.

El término crecimiento funciona como una especie de pantalla para evitar o limitar el análisis más profundo, pormenorizado y sometido a contradicciones de los pros y contras del turismo. Sin duda, hay que dejar hablar a los datos, pero el peligro es que éstos son parciales y las metodologías entre las comunidades autónomas no comparables. Los estudios de turismo están disgregados por comunidades autónomas, con lo que cada cual sigue su metodología y mide lo que le interesa, dando a menudo la sensación de que los institutos de estudios turísticos no son independientes, sino que están al servicio de los políticos para proveerles de esas buenas cifras que esperan oír mientras se siguen amordazando otros análisis (por ejemplo, los de Greenpeace) que pondrían en duda la bondad del actual modelo turístico. La relevancia o irrelevancia del turismo, por tanto, no se mide en los discursos oficiales sino en el contraste entre su importancia económica y su impacto en el debate económico, cultural, político o medio ambiental de un país, y eso, en España, prácticamente no existe.

Sin duda, el turismo no es el único ni el más urgente de los problemas, pero, mientras de los otros se habla, todos callamos ante la deriva turística que, incluso, parece que nos va a salvar o, al menos, aliviar las otras urgencias. Las necesidades de la cuestión turística no son sus errores o las medidas para solucionarlos, sino que, a nivel calle, muy poca gente piensa que el turismo sea un sector necesitado de reflexión o reinvención. Todo lo contrario, si algo va bien en el país es, precisamente, el turismo.

La falta de debate ha creado una sensación de anestesia general que ha dado como resultado una especie de estado de gracia y de bienaventuranza en torno a un sector acrítico sobre el que, a lo mejor, vivimos en un espejismo del que cuesta despertar. En la base del silencio oficial y popular en torno al turismo está la desinformación o la información parcial y sesgada.

Se estudia y se difunde de forma insuficiente el conocimiento científico del turismo. Los estudios, cuyo lenguaje técnico resulta poco ameno, se leen poco y se difunden aún menos. Restringidos a los centros de investigación, circulan entre los especialistas, algunos son publicados (los más positivos y que confirman las políticas turísticas al uso) pero, en general, ni llegan al gran público ni a la prensa. Idéntico panorama tenemos con los estudios e informes publicados por la OCDE, la OMT o la European Travel Commission. Ni se difunden, ni se leen y los responsables turísticos prefieren ignorarlos y obviarlos, al igual que los informes anuales de Greenpeace sobre las costas españolas, ‘Destrucción a toda costa’. Como muchos otros, quedan limitados al mundo académico y a los institutos o centros de estudios turísticos.

Plumaroja

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