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Sobre el llamado "derecho de autodeterminación" de Cataluña: ni derecho ni pretensión ética justificada / José Manuel Rodríguez Uribes

"La pretensión de la secesión, incluso la del referéndum de autodeterminación, no expande la libertad, no abre nuevos espacios que multipliquen las posibilidades identitarias y culturales, sino que construye muros, fronteras, aumentando la incomunicación, obligando a elegir a quien no quiere elegir, entre otras cosas porque eligiendo se empequeñece, se reduce".

10.09.2017

Política en Castilla-La Mancha

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La constitución de 1978 no reconoce el derecho de autodeterminación de los pueblos o territorios de España, tampoco de Cataluña. Esto lo saben los secesionistas catalanes y por eso se han inventado a marchas forzadas, contraviniendo la legalidad constitucional y estatutaria de la forma más grosera, una suerte de soberanía de origen que nunca han tenido. Lo recuerdo porque aunque la historia no legitima nada, los nacionalistas suelen apelar a la historia. Pues la historia nos dice que Cataluña nunca fue soberana y que sólo desde 1978 (con la excepción de 1931 a 1936; después vino la tragedia) ha alcanzado un nivel de autogobierno equivalente al de muchos Estados democráticos del mundo. Es verdad que últimamente utilizan un argumento distinto, el del voluntarismo más burdo, un “porque yo lo quiero”, “porque lo queremos nosotros”, que es casi infantil. La soberanía existe y vale “porque se ejerce” me decía el otro día un jurista independentista (más independentista que jurista) aunque no exista norma alguna que la habilite (sic). Recuerdan, en el mejor de los casos, a la concepción de la soberanía del siglo XVI, con Hobbes y su Leviatán. El problema es que no estamos en el siglo XVI, ni en el estado de naturaleza, ni Cataluña y su autogobierno han caído del cielo, sino que es la constitución de 1978 la que ha dotado de legalidad y legitimidad a sus instituciones, entre ellas a la Generalitat y al Parlament. En esto, y por esto, hay también no poco de deslealtad, de juego sucio en el sentido rawlsiano: no es éticamente aceptable traicionar un sistema que ha creado las condiciones para que llegues a cotas de autogobierno desconocidas hasta la fecha. 


Hay también mucho desconocimiento, en algunos casos consciente, acerca de lo es (debe ser) hoy una democracia. Ésta es impensable sin respeto a las normas, a las reglas del juego, a las competencias de cada uno, a la filosofía de los límites al poder, a los pesos y contrapesos... Desde 1945 no hay democracia sin Estado de Derecho y no hace falta que recuerde por qué.


Podríamos pensar entonces que quizá lo que han hecho los secesionistas es ascender por la pirámide kelseniana (saltándose, eso sí, el escalón de la constitución y de su estatuto) hasta el vértice del Derecho Internacional, pero este recurso tampoco vale porque es falaz. Y lo es porque, primero, lo que encuentran allí es menos de lo que ya tienen (autogobierno, instituciones propias y autonomía en un país de la UE -qué ironía-), y segundo porque el derecho de autodeterminación de los pueblos que recoge la Resolución 2625 de la Asamblea General de las Naciones Unidas no está pensado para territorios de Estados de la UE, de democracias constitucionales, espacios que, aún con la crisis y la enorme corrupción, se sitúan entre los más prósperos y abiertos del mundo. Recordemos íntegro el texto de la Resolución por si alguien duda de lo que digo:


"El territorio de una colonia u otro territorio no autónomo tiene, en virtud de la Carta de las Naciones Unidas, una condición jurídica distinta y separada de la del territorio del Estado que lo administra, y esa condición jurídica distinta y separada conforme a la Carta existirá hasta que el pueblo de la colonia o territorio no autónomo haya ejercido su derecho de libre determinación de conformidad con la Carta y, en particular, con sus propósitos y principios (...)".


Ninguna de las disposiciones de los párrafos precedentes se entenderá en el sentido de que autoriza o fomenta cualquier acción encaminada a quebrantar o menospreciar, total o parcialmente, la integridad territorial de Estados soberanos e independientes que se conduzcan de conformidad con el principio de la igualdad de derechos y de la libre determinación de los pueblos antes descritos y estén dotados por tanto de un gobierno que represente a la totalidad del pueblo perteneciente al territorio, sin distinción por motivo de raza, credo o color."
Cataluña, ni es una colonia, ni es un territorio no autónomo, ni los catalanes tienen un estatus inferior al resto de españoles por motivo de raza, credo o color, y España sí es un estado soberano, etc, etc…


Podríamos pensar sin embargo que en realidad los secesionistas no nos hablan de un derecho legal a la autodeterminación de Cataluña que en efecto no tienen, sino de un derecho moral, de un derecho a la autodeterminación que deben tener a partir de esa soberanía de facto que proclaman ejerciéndola. Pero permítanme que les diga que no, que tampoco, ni siquiera tienen ese derecho moral. Cuando pensamos en un derecho moral estamos pensando en una pretensión justificada ética o políticamente que el Derecho todavía no ha reconocido. Piensen por ejemplo en el sufragio universal mientras las mujeres o los pobres estaban excluidos, o en la libertad de expresión durante la dictadura franquista. Eran derechos morales que terminaron siendo derechos fundamentales, derechos constitucionales. 


Sin embargo, el derecho de autodeterminación de Cataluña en el siglo XXI no es comparable a estos casos. Sus defensores no se parecen, aunque les gustaría, ni a las sufragistas del XIX ni a Martin Luther King ni a Mandela. El derecho de autodeterminación de Cataluña no es un derecho moral ni lo puede ser porque carece de justificación ética. No sólo porque es poco ético que un territorio próspero se quiera desentender del conjunto, en buena medida menos próspero, sino porque para que tuviera justificación debería cumplir al menos dos requisitos racionales que no cumple:


1. Que la pretensión fuera susceptible de generalización (si es bueno para ti, debe serlo para mí) algo que ningún Estado democrático del mundo puede aceptar sin poner en cuestión su propia existencia. Con ese reconocimiento, que racionalmente habría que generalizar por razones básicas de igualdad, se abriría una caja de pandora autodestructiva incompatible con la idea de España y de la Unión Europea.  


2. Que ampliara el espacio de libertades sin causar un menoscabo a terceros, que uniera y que no separara, que favoreciera la convivencia, la complejidad y la cohesión y no el enfrentamiento y la simplificación. No hemos llegado todavía al 1 de octubre y es evidente que hay cada vez más crispación, más división, menos afectos… La pretensión de la secesión, incluso la del referéndum de autodeterminación, no expande la libertad, no abre nuevos espacios que multipliquen las posibilidades identitarias y culturales, sino que construye muros, fronteras, aumentando la incomunicación, obligando a elegir a quien no quiere elegir, entre otras cosas porque eligiendo se empequeñece, se reduce.


Por tanto, la autodeterminación de Cataluña no es posible. No cabe ni en la normativa vigente, interna, europea o universal, ni constituye una pretensión moral justificada, legítima, una suerte de derecho moral con posibilidades de convertirse en una realidad política y jurídica que amplíe los espacios de libertad asegurando al tiempo la imprescindible solidaridad interterritorial. Va justo en la dirección contraria. Por cierto, como iría también cualquier tentación recentralizadora, uniformadora, aplastadora de la diversidad. 


Solo tenemos un camino por tanto y cuanto antes lo veamos mejor, un gran camino, una ancha avenida: la del mutuo y leal reconocimiento, la de la unión federal y orgullosa de nuestra diversidad, la de la España nación de naciones, con esta hermosa expresión o con otra. 


Ojalá en pocas semanas podamos ponernos manos a la obra y encontremos más pronto que tarde una fórmula que nos asegure vivir en paz y en libertad al menos otros cuarenta años! Depende de todos o, al menos, de la gran mayoría que sigamos conviviendo aumentando los afectos y el respeto mutuo. No es tarea menor…

José Manuel Rodríguez Uribes

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