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DCLM.ES · Castilla-La Mancha · La Ventana de CLM

No a la incitación al odio / Teresa Suárez

06.10.2017

La Ventana de CLM en Castilla-La Mancha

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Como hija de guardia civil, criada en una casa cuartel, me resulta difícil, mucho, no dejarme arrastrar por un odio irracional hacía aquellos que en estos días, aciagos para todo el país, están pagando con ellos, y peor aún con sus hijos, la ira y frustración que sienten por no lograr lo que quieren, en el momento y forma en que lo quieren.

Arrogarse el papel de víctima y mantenerlo exige un culpable bien visible y nadie mejor que aquellos que visten de uniforme. Mucho se ha dicho sobre la violencia desplegada en Cataluña, el 1 de octubre, por los miembros del Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil; poco se ha incidido en la violencia, tanto verbal como física, ejercida por los manifestantes.

Y eso sin hablar de la campaña de desprestigio (puesta en marcha a través de las redes sociales) plagada de mentiras, verdades a medias y alarmismo social, orquestada por aquellos que están pisoteando las normas que garantizan la convivencia pacífica de todos los ciudadanos ("Los nacionalistas no sólo no desaprueban los hechos atroces realizados por su bando, incluso tienen una capacidad increíble para ni siquiera oir hablar de ellos", George Orwell).

Por más que se empeñen algunos aludiendo continuamente a épocas pasadas, y no dejen de repetir lo contrario para tratar de convertirlo en verdad, los miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado no son una fuerza represora en el sentido más peyorativo con que se puede emplear esa expresión. Son simples trabajadores, empleados públicos cuya misión, bajo la dependencia del Gobierno,  es proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana, tal y como establece nuestra Carta Magna.

Cuando una multitud aparentemente descontrolada (pero perfectamente dirigida) rodea a un grupo de 15 o 20 policías, si llega, ¿qué creen que sucede? Pues que esos 15 o 20 agentes, tan asustados como cualquiera lo estaría en su lugar, se ven acorralados por una turba, una auténtica jauría humana, que amparada en el anonimato que proporciona la multitud trata de imponer sus ideas por la fuerza sabiendo que, en su papel de víctimas, siempre tienen las de ganar, mientras que los policías, sometidos permanentemente a un escrupuloso escrutinio, hagan lo que hagan (cargar, defenderse o permanecer impasibles si es que eso se les permite) tienen las de perder.

Estamos ante una condena de la violencia que destila violencia y señala directamente a los culpables. El uso dirigido de la intimidación, junto con la calidad del lenguaje empleado, no deja dudas sobre la tensión agresiva de quien lo profiere. El grupo al que pertenece quien habla acepta esta tensión agresiva, manifestando afinidad o sintonía con este discurso, porque el que así se expresa es uno de sus líderes.

Serrat, Eduardo Mendoza o Isabel Coixet, catalanes universales que con su trabajo y esfuerzo han llevado el nombre de su tierra por todo el mundo, ahora son vilipendiados y tildados de fascistas por negarse a aceptar las proclamas secesionistas. ¡El mundo al revés!

Así que no, no voy a generalizar, no siento deseos de enarbolar la bandera española, ni de boicotear el consumo de productos catalanes, ni de negar la hospitalidad de una tierra que durante el tiempo que mi familia vivió allí, siempre nos acogió de manera afectuosa.

¿Un sentimiento? Tristeza.

¿Un deseo? Que cesen las hostilidades contra policías y guardias civiles, que terminen los pulsos que a nada conducen, que los partidos políticos se pongan de acuerdo para modificar la Constitución, que, dentro del respeto a la ley y con las debidas garantías constitucionales, se celebre el dichoso referéndum. Si la mayoría del pueblo catalán vota SI, que Cataluña se independice; pero si el resultado es NO, que lo acepten de una vez por todas.

Somos muchos los que estamos hartos de que el denominado desafío independentista (que tanta salud, dinero, e incluso amor, está costando) cope de tal manera los medios de comunicación que han desaparecido del mapa la corrupción política, el desempleo, la violencia de género, la pobreza y la exclusión social.

Pero ahí siguen. Igual de graves, flagrantes y descarnadas.

Teresa Suárez

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