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Editor: César Ortega  |  05:31h. 28.06.2017

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SANTIAGO TRANCÓN PÉREZ

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La progresía ha muerto

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19/12/2016
A finales del franquismo surgió un fenómeno al que acertadamente se llamó progresía. Lo progre acabó convirtiéndose en la ideología dominante. Se mezclaba en ella un hipismo retardado con el antifranquismo militante, el inconformismo con las ansias de libertad. Cantantes y actores tuvieron una importancia decisiva al ritualizar la exhibición y el sentimiento de pertenencia a esa nueva clase social y política: todos eran de izquierdas, todos despreciaban el capitalismo, todos eran antifranquistas de toda la vida. Recuerden algunos nombres: Serrat, Sabina, Víctor Manuel, Ana Belén, Miguel Ríos, Inmanol Arias, Juan Diego, Sacristán, Nuria Espert, Lluís Llach, Miguel Bosé… La lista se podría prolongar indefinidamente con escritores, artistas, directores de cine y teatro, profesores, presentadores de televisión.

La cultura y la literatura y el arte y las universidades (pero también la política), todo quedó impregnado del espíritu progre, transformado en un corpus ideológico construido con verdades pétreas, inapelables. Fue el PSOE el que consagró la marca con gestos como los de Felipe González y su bodeguilla. Así llegamos hasta el "no a la guerra" y la cofradía de "la ceja". Al caer estrepitosamente el mito de Zapatero todo empezó a resquebrajarse. La decadencia de la progresía es hoy imparable. Tratan de hacerle el boca a boca podemistas e izquierdistas, pero ya nada es como fue. Los más nostálgicos se refugian en sus dogmas y rumian lo ingrato del tiempo que no perdona a nada ni a nadie. Lo progre ha envejecido rápidamente, y lo ha hecho mal. Muchos de sus adalides se hicieron escandalosamente millonarios. Otros se apuntaron al pelotazo y la evasión fiscal. En Cataluña viven del fantasma incorrupto del franquismo y se agarran al poder como garrapatas (véase Lluís Llach).

Va desapareciendo la hegemonía moral y cultural de los progres, pero quedan todavía muchos tópicos y rutinas mentales que costará abandonar. El progresismo residual trata de adaptarse a los cambios echando mano de todo lo que pilla: del peronismo al chavismo, del populismo al leninismo, de la socialdemocracia a la transversalidad. Carente de sentido crítico lo mismo se apunta a la "plurinacionalidad" que al patriotismo, a la charca televisiva que al matonismo internáutico, al antisemitismo que al islamismo propalestino.

El progresismo es hoy igual de pernicioso que cualquier otra ideología sectaria, en lo que se ha convertido. Hasta el término progresista ha quedado tan contaminado que resulta inservible: todos lo usan, pero ya nadie lo toma en serio. Es necesario que surja una nueva manera de pensar y sentir, libre de tópicos y cómodas simplificaciones. Hay que poner en duda nuestras convicciones porque se han convertido en prejuicios y dogmas decadentes.

Creo que el nacimiento de un nuevo pensamiento crítico es hoy más necesario que nunca. Creo también que este pensamiento libre tiene que surgir desde la izquierda, una izquierda sin complejos, que se atreva a pensar sin miedo, devolviendo a la inteligencia y la razón su capacidad para enfrentarse a la realidad e imaginar nuevas soluciones para los nuevos y viejos problemas.

La crisis política, institucional, económica y social de nuestro país es también una crisis ideológica. Ni el relativismo, ni el buenismo antropológico, ni el radicalismo de salón, ni el oportunismo cínico de la derecha, ni el agotado progresismo de los progres. Nada de esto ya nos sirve hoy. La renovación de la política y los partidos pasa por una revolución mental que devuelva al lenguaje su capacidad de análisis, su fuerza iluminadora, su compromiso con la verdad, la razón y la objetividad de los hechos. No hay política seria sin ideas ni principios claros que muevan a la acción por su propia capacidad persuasiva. La política como puro pragmatismo, carente de ideas y convicciones, basada en la manipulación de los sentimientos y las conciencias, también ha entrado en coma, por más que algunos se empeñen en criogenizarla.

Santiago Trancón Pérez

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