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RAFAEL LÓPEZ VILLAR

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Internet y la Santa Inquisición

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22/12/2016
Cada vez sucede más, cada vez con más frecuencia los represores, los partidarios de prohibir, imponer y coartar la libertad de los demás en nombre de la libertad tal como ellos la entienden, se hacen más dueños, se hacen más presentes y visibles y al tiempo más osados, más coercitivos, más dictatoriales, en el entorno de las redes sociales.

Alguien comparte en su muro, sin otra intención que la estética o el chascarrillo, una imagen o un comentario que le ha parecido interesante, gracioso, o porque le da la gana y es su muro. Hasta aquí todo normal, pero hay cosas que los inquisidores de redes, los defensores de la libertad única e impuesta no van a tolerar sin intervenir de una manera rápida y feroz. Da igual cual sea tu intención, o la falta de ella.

El inquisidor armado de su justa furia, de su ultrajada conciencia universal, de su razón última y absoluta, se lanzará hacia el osado y descargará contra él toda su manida, relamida, ciega y vacía, batería de descalificaciones y pseudo argumentos que suenan igual que los eslóganes de las manifestaciones, altisonantes, con sonsonete y carentes de cualquier posibilidad de debate real.

Y no entres en debate, como decía el otro, si entras en debate es peor. Si intentas argumentar, debatir, defenderte no recibirás más que más eslóganes, más argumentario de activismo militante, más vacío intelectual y posición inamovible. Los nuevos inquisidores, los inquisidores de la libertad tal como ellos la entienden, los inquisidores de la culpa ajena y la intachabilidad propia no pueden, no saben, no tienen capacidad para entender la libertad ajena, la intrascendencia de lo intrascendente, la banalidad de ciertos momentos o actitudes. Ellos solo entienden de la vigilancia permanente, la soflama a flor de piel, la persecución implacable de los que simplemente pretender vivir al margen de militancias, de inquisiciones, de libertades impuestas.

Y, claro, yo, ser humano hasta donde se me alcanza, varón, de sesenta y tres años y diez días de edad según me han contado, que he tenido que vencer a lo largo de mi vida la imposición de una enseñanza sesgada, que he tenido que liberarme del yugo de una forma de entender la religión que no compartía, que he tenido que sobrevivir a una dictadura y varias legislaciones democráticas que me hacían cada vez menos libre individualmente, que he tenido que asistir a la entronización y santificación de los mediocres y los "justos" como referente moral de esta sociedad, que he tenido que contemplar como las sucesivas políticas de formación destrozaban sistemáticamente la posibilidad de educar, dar valores y crear ciudadanos libres, que he asistido dolido a la radicalización absurda e interesada de ciertas partes de la sociedad, me niego, me rebelo, estoy hasta los mismísimos, de aquellos que pretenden decirme en qué consiste la libertad, que pretenden decirme en qué tengo que creer, que tengo que pensar, que es correcto decir o cuanto tengo que reprimirme para acceder a su placet.

Guardense, por no decir métanse, su placet donde les quepa. Soy ya lo suficientemente mayorcito para saber lo que debo, lo que puedo y lo que me da la gana de hacer o de pensar. Lo que me peta callar o decir. Lo que me hace libre o me convierte en esclavo de fundamentalismos de salón o de algarada callejera.

No pienso pedir perdón a esos fanáticos de la persecución ajena, de la paja en el ojo de los otros, de la verdad propia y única. Me ha pillado mayor y vivido. Me han pillado de través y con la suficiente experiencia como para poder decir todo esto y quedarme tan ancho. Me han pillado lo suficientemente perito y reflexionado como para poder, callándome los exabruptos que debo de callarme por propia convicción, ciscarme en todos los inquisidores de nuevo cuño que se dedican a difundir la mala conciencia ajena en loor de una libertad de Gran Hermano, personaje de la novela 1984 de Orwell que no tiene nada que ver con Tele5 para los muchos que lo ignoren, que se creen en el derecho y la necesidad de imponer a los demás.

Faltaría ahora identificar a aquellos a los que me refiero, pero eso sería hacer esta reflexión tendenciosa e interminable, y eso sería darles, además, un gusto, más que nada por sentirse injustamente señalados, que me niego a darles.

Sí, es verdad, me refiero a esos que usted, paciente lector, piensa, pero también a todos los demás, a los de signo contrario que exactamente hacen lo mismo en función de sus ideales contrarios. Me refiero en realidad a todos los que se sienten capacitados para decirles a los demás lo que pueden y no pueden decir, pensar, hacer. Me refiero a todos esos radicales, fanáticos integristas, militantes de cualquier signo, ideología o verdad, que se permiten la desfachatez, o la fachatez, de dar carnés de idoneidad o salubridad política, religiosa, social o moral.

Váyanse ustedes, vosotros, a freír gárgaras y a tocarle las libertades a quienes necesiten del placet ajeno para sentirse mejor. Y agradecedme que no tire de Cela, a ser posible con voz de Fernando Fernán Gómez, para expresarme con mayor desahogo.

Rafael López Villar

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