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DCLM.ES · OPINIONES · Teresa Suárez Fernández

Teresa Suárez Fernández

07.11.2017

Feminista

Por Teresa Suárez Fernández

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Este término que tanto rechazo despierta, y que apareció mucho después de que las mujeres comenzarán a cuestionar su situación de inferioridad frente al hombre y a demandar mejoras en su posición social, no se acuñó para ellas. Fue un médico francés, Ferdinand-Valère Faneau de la Cour, quien en Sobre el feminismo y el infantilismo en los tuberculosos, escrito en 1871, señaló que muchos hombres enfermos de tuberculosis tenían unos rasgos "infantiles y feministas" (cabello fino, largas pestañas, piel pálida, poca barba, genitales pequeños y mamas voluminosas).

La tesis de Faneau de la Cour alcanzó tal éxito mediático que, en 1872, Alexandre Dumas (hijo), avispado y prolífico periodista de la época, en El hombre-mujer, panfleto en el que hablaba de adulterio y divorcio, se apropió de la palabra feminista y la empleó para ridiculizar a los hombres que, por defender la causa de las ciudadanas (mujeres que luchaban por sus derechos), estaban expuestos, según él, a sufrir un proceso de feminización similar al que padecían los tuberculosos. Primera connotación negativa del término: al hombre que apoye la lucha de las mujeres le crecerán las tetas y acabará convertido en una de ellas. 

Aunque, en su origen, la terminología médica empleara la odiada palabra para describir la feminización de los varones, cuando ésta dio el salto a la política comenzó a utilizarse para referirse a la virilización de aquellas mujeres que tanta lata daban con lo del acceso a la educación y el derecho al voto. Segunda connotación negativa del término: las mujeres que pelean por la igualdad no son mujeres sino una mala copia de hombres, es decir, unas “machorras” (mujer hombruna o hembra estéril, según la RAE).

Y así continuó su periplo, encorvada por el desprecio de unos y otras, hasta que, en 1882,  la sufragista francesa Hubertine Auclert indultó el término al declararse feminista como “manera de honrar a todas aquellas que me precedieron, lucharon, sufrieron y a veces murieron para que las mujeres tengan los mismos derechos que los varones”.

No lo olviden, gozamos de nuestros actuales derechos porque muchas antes que nosotras fueron reprimidas, apaleadas, encarceladas y hasta 1952, año en el que fue descatalogada como enfermedad, tildadas de histéricas (durante la época victoriana, la histeria femenina fue el diagnóstico habitual de un abanico de síntomas que iban desde mareos, insomnio, retención de líquidos o irritabilidad, hasta la “tendencia a causar problemas”, cuyo tratamiento, el masaje pélvico, consistía en que el doctor estimulaba los genitales de la mujer hasta alcanzar el denominado paroxismo pélvico, actual orgasmo). Tercera connotación negativa: las mujeres que no se conforman y protestan lo que necesitan es un “buen polvo”.

Ahora toca librar la batalla de las palabras y la resistencia, fuerte y bien organizada, consigue que cada noticia relacionada con el uso de un lenguaje no sexista provoque en las redes sociales un motín que ensombrece al de Esquilache.

Así ha ocurrido con el artículo “El “peligro mortal” de la gramática feminista”, publicado recientemente por El País, bajo cuyo llamativo titular (catalogar una persona, animal o práctica, sea la que fuere, de “peligro mortal” predispone en su contra, especialmente si va unido a la palabra “feminista” que, desde su estreno como neologismo, carga con una mochila de sentimientos encontrados y matices despectivos que convierten a quien así se define en amanerado, si es hombre, y en agresiva, irracional, fea, pilosa y con mal olor corporal, si es mujer) se esconde la tormenta mediática que ha provocado en Francia el manual escolar de Sophie Le Callennec, profesora de geografía e historia, escrito en lenguaje inclusivo y dirigido a alumnos de Educación Moral y Cívica de 3º de primaria.

Dicho manual ha generado tal debate a nivel nacional que los cuarenta integrantes de L'Académie française, todos contra una y una contra todos, decidieron difundir un comunicado declarándose opuestos al uso del lenguaje igualitario (“esa aberración inclusiva”).

En nuestro país los académicos de la RAE (33 varones y 8 féminas), que parecen moverse en la misma onda que sus coleguis galos, condenan el uso machista de algunos términos, pero se oponen a los dobletes de género para que hombres y mujeres estén representados en el discurso. Mientras aceptan sin despeinarse el uso de “iros” por “idos” o “íos”, escudándose en que nadie los utilizaba, cuando de fórmulas inclusivas se trata, por numeroso que sea el colectivo que las emplea, se erizan, bufan y abren la boca todo lo que pueden para mostrar sus colmillos.

Aun así, por lo que he leído estos días, en España no nos podemos quejar ya que, al menos, la feminización de sustantivos que se refieren a oficios y cargos públicos (asignatura pendiente en la patria de la “Liberté, égalité, fraternité”) aquí está asentada. En ambas direcciones, apostillo por si alguien pensaba protestar. Basta comprobar que en el caso de sustantivos referidos a tareas desempeñadas tradicionalmente por las mujeres, o profesiones copadas mayoritariamente por éstas, los que “limpian, fijan, y dan esplendor” en lugar de cambiar únicamente el artículo, como ponderan en otras ocasiones, han optado por masculinizarlas con resultados tan llamativos como, por ejemplo, el de “matrona”, apelativo que recibe la persona encargada de asistir a la mujer en el parto (antiguas parteras), que cuando es un hombre quien la ejerce se  convierte en “matrón”.

No hay duda de que el uso y abuso (especialmente por parte de los políticos) de fórmulas como “ciudadanos y ciudadanas”, “compañeros y compañeras”, “todos y todas”, lejos de ayudar ha contribuido a ridiculizar la causa. Si puedes dirigirte a un público, audiencia o grupo, simplemente saludando, esa cansina y pertinaz diferenciación sobra.

Los cartuchos hay que quemarlos en otras lides.

Teresa Suárez

 

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