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26/09/2013

Pequeñas historias de nuestros tesoros personales en Trillo

BALBINO SARDAT.
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Las instituciones y otros organismos son, normalmente, las encargadas de recopilar una serie de fondos con determinado valor, que debidamente dispuestos y explicados, en un emplazamiento apropiado, configuran espacios museísticos y relatan historias con interés para el visitante. En Trillo tenemos hay ejemplos conocidos ampliamente: El centro de interpretación de la energía "Prometeion" y el Museo Etnológico. Sin embargo, existen otro tipo de tesoros de valor incalculable para sus propietarios. Estas curiosidades no se encuentran en ningún Museo, sino de puertas para adentro de los hogares de algunos trillanos. Solo los más allegados saben que guardan un rincón en sus casas para acumular un pequeño patrimonio reunido a lo largo de los años con mucho mimo y esfuerzo.

Trillo. 26 de septiembre de 2013. Ninguno de los protagonistas de este reportaje tenía afán alguno por el coleccionismo. Más bien, esta afición les encontró a ellos. Les sorprendió a la vuelta de la esquina como una inquietud a la que no pudieron volver la espalda. "Te pica el gusanillo y te acabas dando cuenta de que es un vicio que ya no puedes dejar", relata Valentín Gutiérrez Morales.

La aventura de Pedro Sancho en el coleccionismo de postales comenzó, tal y como asegura, "de una manera casual", aunque hoy sean más de 22.000 las postales que conforman su colección. En el año 1988 marchó a Madrid a cursar sus estudios de Arquitectura. "Siempre me ha gustado la historia del arte y la arquitectura", comenta, por lo que, cierto día, paseando por el Rastro madrileño, compró algunas postales de edificios históricos "sin ánimo de coleccionarlas, sino simplemente por tenerlos en fotografía". Este interés hizo que a lo largo de la carrera fuera adquiriendo nuevas postales, siempre con el mismo motivo. Finalizados sus estudios, esta actividad se hizo más esporádica. De hecho, no fue hasta hace seis años cuando comenzó a poner mayor empeño en ella, "de manera más continuada y rigurosa". Ya no solo compraba postales de edificios, sino también de "vistas de pueblos y de ciudades", aclara.

Clasificadas por provincias y municipios, las postales de su colección reproducen rincones de localidades españolas, aunque "también tengo unas 3.000 procedentes del extranjero, que he ido descartando de los distintos lotes que voy comprando. Siempre las guardo, pero no las archivo". Su interés se centra, según afirma en todo lo que es arte. "Tengo edificios históricos y de arquitectura reciente; vistas de pueblos –las aéreas me encantan-; rincones rurales o urbanos… Lo que busco, en definitiva, son postales donde aparezca cualquier intervención humana. No quiero ni animales, ni flores, ni paisajes. Un paisaje me interesa si aparece una casa, una valla, es decir, si ha intervenido el hombre", matiza.

Guadalajara, Trillo y los pueblos de la provincia ocupan un lugar privilegiado dentro de su colección: "Suelo comprar todo lo que veo porque, evidentemente, me interesa más, dado el lugar del que procedo". En este sentido, afirma tener algunos ejemplos muy interesantes, muchos de ellos con el Palacio del Infantado como protagonista, como uno de los edificios más emblemáticos de la arquitectura de la provincia. Recientemente, relata, "he adquirido una postal en la que aparece un pabellón de la antigua Academia de Ingenieros de Guadalajara, que se ubicaba junto al Infantado. Ese pabellón ya no existe y tengo que decir, que además de interesante, la fotografía es muy buena".

La postal más valiosa para él, la que considera la auténtica joya de su colección "que además es por la que más he pagado" es una instantánea del Monasterio de Óvila de Trillo. "Tengo que reconocer que la foto no es muy buena. Se trata de una vista lejana del conjunto monacal, pero me gusta por lo que representa". La adquirió en un establecimiento madrileño: "La Casa Postal", ubicada en la calle Libertad del barrio de Chueca, por 32 euros.
Por su antigüedad, Pedro destaca una vista de San Sebastián fechada en 1829. Se trata de una carta que remitieron sus hijos a la condesa de Sotomayor durante su estancia en la capital vascuence.
Los precios de las postales oscilan entre los pocos céntimos y "lo que te quieras gastar". Según Pedro Sancho, el mercado de las postales no está regulado. "La misma postal hay quien que te la vende a 25 céntimos y quien pide 5 euros". Por ejemplo, indica, "las postales de los años 60 o 80, esas de escudo de oro, que todos conocemos, te pueden costar de 50 céntimos a 2 euros; las postales en blanco y negro, de los años 50 o 60, entre 2 y 5 euros; y las más antiguas de 5 euros en adelante".

La industria de las postales ha sufrido variaciones a lo largo de la historia. Casas famosas se han dedicado a reproducir las vistas más representativas de la geografía española, como es el caso de Hauser y Menet o de Lauren en los siglos XIX y XX. Inicialmente, el reverso estaba dedicado exclusivamente a la dirección, mientras el mensaje se escribía en el anverso, junto a la foto. Entre 1903 y 1905 se pasó a dividir el reverso en dos partes, compartiendo este espacio el texto y la dirección del destinatario.

Pedro suele adquirir sus tesoros en rastros, ferias de coleccionistas, establecimientos, e incluso en Internet. Sobre todo rastrea sus adquisiciones en Guadalajara y Madrid, aunque también en Asturias a donde viaja con asiduidad. Por supuesto, también se nutre de material cuando realiza algún viaje y también aprovechas las escapadas de amigos y familiares para hacer sus particulares encargos. Su mayor inquietud sería poder tener postales de todos los municipios de España, aunque reconoce que se trata de una tarea muy complicada, porque no todos los municipios españoles han tenido una relevancia turística que haya despertado el interés de ésta industria.

Para Pedro el valor de su colección va más allá del precio que podría fijar un tasador. "Tiene un valor incalculable, porque no solo hay que tener en cuenta el valor de las postales, sino las horas y el esfuerzo que he dedicado en reunirlas".

LLAVEROS

Ordenados en baldas de colores numeradas, por temas y formas, Balbino Sardat guarda un rincón especial en su hogar para albergar los dos millares de llaveros que ha ido reuniendo a lo largo de más de tres décadas. No recuerda cuál fue el primero, ni el momento exacto en el que comenzó su aventura en el coleccionismo: "Comienzas con uno, con dos… La gente lo va viendo y te va trayendo algunos más. Luego empiezas a comprar y te encuentras que cuando alguien se va de viaje se acuerda de ti y te compra otros. Al final te pica la curiosidad y la ilusión por ir llenando las tablas", comenta Balbino.
Tiene llaveros de múltiples formas, materiales, colores y de distinta procedencia: "El más lejano viene de China", señala, pero también han viajado desde Brasil, Colombia, Paraguay, Francia, Checoslovaquia y de ciudades españolas como Valencia, Sevilla, Zamora, etc…
La mayoría de ellos son obsequios de amigos, vecinos y familiares que durante sus vacaciones han querido apoyar su afición, pero en su andadura también se ha encontrado con otros coleccionistas con los que comparte su inclinación y realiza sus intercambios: "Tengo un contacto en la calle Zumaque de Sevilla que tiene más de 37.000 llaveros", explica. A este andaluz, Angel Alvarez Cornejo, le envió una remesa de 150, "incluso alguno de su propia ciudad que me dijo que no tenía", por los que recibió a cambio otros tantos "de los que aproveché 120". El remanente conforma un fondo para futuros intercambios con otros propietarios, con el que va nutriendo su colección. De este sevillano, con el que sigue conversando, aprendió la manera de clasificar las reliquias "porque hasta entonces, según los iba adquiriendo los colocaba en las tablas, lo que era un auténtico follón a la hora de saber cuáles estaban repetidos". De esta forma, diseñó su particular manera de ordenar el material: "Aquí tengo los de propaganda de bebida, aquí los que tienen forma de coche, los de resina, los que llevan cuero, los de vírgenes y santos…"

Otro de los coleccionistas con los que asiduamente mantenía contacto decidió bajarse del carro "por falta de espacio" y le legó su colección. "Los tenía guardados en botes de cinco kilos y decidió dármelos", aclara. También conversa con otro coleccionista de Sacedón que, según asegura, está solamente interesado en los llaveros del Real Madrid.

Su intención es seguir acumulando estos preciados tesoros, para lo que ya tiene dispuesta una tabla con otros mil ganchos más: "Te pica la curiosidad, porque yo pensaba que tenía muchos, pero te encuentras con este hombre que tiene 37.000, y te quedas alucinado", concluye.

LOS MOLINILLOS DE CAFÉ

Un día cualquiera, Valentín Gutiérrez Morales se encontró un viejo molinillo entre unos escombros, mientras paseaba por la localidad de Villanueva de Alcorón. Su estructura estaba muy dañada, pero desde joven, cuando veía cómo su madre molía café en una máquina de la marca "Elma", estos utensilios le han despertado cierta fascinación. Quizá por ello se afanó tanto en remplazar las maltrechas tablas, pulir las que aún podían ser servibles y restaurar el mecanismo de aquel viejo molinillo. Se quedó sorprendido con el resultado, "la verdad es que lo dejé niquelado" y seis años más tarde ya son casi medio centenar de ellos los que tiene en su haber.

Los últimos los adquirió en un mercadillo medieval de Bruselas, aunque en su gran mayoría proceden de los pueblos de la zona, de regalos de amigos y "del Corte Inglés, que es como yo llamo a los vertederos", afirma entre risas.
Uno de ellos, comenta, procede de un antiguo bar de Madrid: "Es interesante, porque antes no existían las máquinas de café, y se hacía todo manual". El más curioso, es un ejemplar cilíndrico de madera, "lo más común es que tengan estructura cuadrada" y ahora mismo, está sobre la pista de un molinillo de porcelana con remaches en madera, un objeto muy cotizado, que espera adquirir algún día.

Emplea entre ocho y diez horas en su restauración, tratando con mimo cada una de sus piezas y pintando con delicadeza sus partes con su color original. Asimismo, asegura que le ha "picado el gusanillo" y que no vendería sus molinillos "por nada del mundo y más teniendo en cuenta el tiempo que he invertido en ellos".

No están en museos, ni son admirados a diario por vecinos y visitantes. Son el patrimonio particular de algunos vecinos de nuestra vida; montones de horas de trabajo, de inquietudes personales, que, de puertas para dentro, nos cuentan historias de quiénes somos, de nuestra naturaleza y de los límites que puede alcanzar nuestra curiosidad.

Viñeta del 20/01/2017

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