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14/04/2017

Historia de una visita guiada | Rafael López Villar

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Historia de una visita guiada

Hay actitudes por las que uno deja de creer en el ser humano, en el ser humano civilizado y consciente por lo menos.

Visitar los grandes logros de la humanidad, las construcciones esplendorosas, los poblados y restos de nuestros antepasados, las obras de arte que en el tiempo nos han legado para nuestro disfrute, es uno de los grandes beneficios que ese monstruo de mil cabezas, no todas buenas, llamado turismo nos ha permitido.

Asombrarse ante la grandiosidad de las catedrales, de los monasterios y palacios, arrobarse ante la belleza emotiva de ciertas obras de arte, inspirarse en las vivencias y reflexiones de los grandes hombres, quedarse embelesado con el esfuerzo y el ingenio de nuestros primitivos y valorar en lo que valen sus avances y sus afanes, son experiencias que engrandecen nuestra alma y permiten que nuestro intelecto se reconforte y nutra.

Pero, y desgraciadamente, todo este panegírico sobre las bondades que el turismo cultural, que se llama, nos puede deparar se troca, con la experiencia de la cruda realidad, en una indignación sorda y visceral.

Así que por mor de esta terca e infausta realidad una vivencia lúdica y que debería de haber sido enriquecedora y placentera te deja un poso de amargura, de desesperanza, de sospecha sobre lo que se puede esperar de los seres humanos actuales y su educación.

Si coges una visita guiada tu enfado empieza en los comentarios sobre el patrimonio perdido durante la desamortización, durante los saqueos perpetrados al comienzo de la segunda república o los latrocinios de coleccionistas privados que con impunidad, y muchas veces con complicidades clericales, se han llevado a cabo. A veces uno piensa que alrededor hay personas que no están muy lejos de los talibanes que destrozaron los budas o de los desmanes del tristemente famoso ISIS y su sistemático derribo de todo aquello que no concuerde con sus creencias o sus ideologías.

Pero con ser eso triste, con ser lamentable y ya inevitable, lo que acaba de derrumbarte, de amargarte el día, es la absoluta falta de respeto de muchos visitantes hacia el lugar que visitan, de su falta de educación y de sentido histórico y, sobre todo, de su dejación hacia esos conceptos respecto a los menores a su cargo, cuando los hay.

He visto en la Alcazaba de Almería a gente que se subía o manoseaba piezas y elementos arquitectónicos que específicamente ponían "no tocar", a niños cogiendo piedras de cualquier sitio que se les ocurriera sin que nadie les llamara la atención, es más, los vigilantes se giraban y miraban para otro lado evitando darse por enterados. "Es que si les llamamos la atención luego nos expedientan a nosotros", me confesó uno. Incluso una familia, bastante numerosa, retiró una cinta de prohibido el paso para aposentarse en una escalinata y acomodarse en ella para almorzar, bolsas, neveras, manteles, latas, botellas, como si del campo o la playa se tratara.

He asistido en una visita de un grupo cultural a los toros de Guisando donde padres e hijos se subían a las esculturas para sacarse fotos y hacer las gracias correspondientes. En el poblado de Los Millares coincidí con un colegio cuyas profesoras estaban absolutamente sobrepasadas por las ocurrencias que los alumnos más "graciosos" llevaban a cabo en el interior de las cabañas mientas otros vigilaban que no se acercara nadie.

Porque parece ser que la permisividad, que el concepto de que la propiedad particular de cada cual está implícito en la propiedad pública, que la falta de perspectiva histórica inculcada en la formación, y el descrédito de la disciplina evitan que tengamos el más mínimo respeto por lo que el pasado pone a nuestro alcance y por la obligación de preservarlo y legarlo a nuestros descendientes en las mejores condiciones posibles.

El otro día estuve visitando el Monasterio de Uclés, ahora convertido en campamento y residencia de infantes. Me pareció tremendo ver a un montón de críos encaramados al brocal del pozo, sentados sobre la plancha que cubre su boca jugando a las cartas, escalándolo utilizando las figuras que lo adornan como puntos de apoyo para su ascensión sin que los monitores, uno de los cuales, al menos, estaba allí presente, hiciera el más mínimo además de llamarles la atención. Es más ante mi intención de hacer una foto un chaval un poco más mayor que los otros, no el monitor, les ordenó que se bajaran para que pudiéramos sacar la imagen sin habitantes, cosa que todos aceptaron sin ningún tipo de protesta. Pasada la foto todos volvieron a sus actividades de juego y escalada.

¿Cuantas actitudes de este tipo puede tolerar nuestro patrimonio sin resultar dañado? ¿Cuantos graciosos pueden soportar los monumentos haciendo su gracia de pintar, encaramarse o llevarse un recuerdo sin deteriorarlos? ¿Cuánta cultura incivilizada podemos permitirnos? ¿Valen para algo la autoridades, en este tema, aparte de para asegurarse su cargo y cobrarlo? Y prefiero no seguirme preguntando.

Rafael López Villar

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Viñeta del 23/05/2017

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