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Editor: César Ortega  |  16:19h. 22.06.2017

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11/06/2017

Cien años de soledad: bodas de oro | Teresa Suárez

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Corría el año 1967, cuando el 30 de mayo una editorial argentina, Editorial Sudamericana, publicaba por primera vez la novela de un desconocido autor colombiano, residente en México, que transformaría un pueblo ficticio en un lugar inolvidable.

Aunque parezca que los cincuenta años transcurridos desde entonces han cubierto de maleza y polvo Macondo, hasta hacerlo casi desaparecer enterrado bajo las ramas colgantes de mangles que se hunden en la tierra, enraízan y se entrelazan formando impenetrables barreras, quienes tratamos de volver (desoyendo los consejos de Sabina en sus Peces de ciudad) porque allí fuimos felices, siempre hayamos como hacerlo.

Puede que Melquiades, ese "gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión", con su imán, el primero de los "nuevos" inventos que nunca dejan de sorprender a quienes muestran predisposición y apetencia por ello (como le pasaba a José Arcadio Buendía para desesperación de Úrsula Iguarán), me arrastre hasta el camino que conduce a ese remoto lugar.

Tal vez sea un rastro de pescaditos de oro que el huraño Coronel Aureliano Buendía, sabedor de mi amor por él, su familia y su tierra, haya dejado para que no me pierda.

O puede que sea Amaranta, mi favorita, pese a toda su fuerza y perseverancia perdida en la amargura del desamor y los desencuentros, quien vele por mi seguridad mientras, a imagen y semejanza de Penélope la esposa de Ulises, teje y desteje su propia mortaja a la espera de la muerte.

Aquí no caben viajes organizados ni visitas guiadas. De nada sirven los consejos y advertencias de los pioneros. Porque cada experiencia es novedosa y cada lectura única, a Macondo se debe adentrar uno con el espíritu agitado y la mente abierta.

Es tal la fuerza de la obra de García Márquez, que contradice la primera parte del principio de conservación de la energía (la energía no se crea) y rubrica la segunda (la energía no se destruye, sólo se transforma).

Cien años de soledad es una novela inquieta, dinámica, en permanente movimiento y cambio. ¡Jamás decepciona!
Si aún no lo han hecho, déjense arrastrar y no se preocupen por el viaje…

¡Esto es realismo mágico (hechos insólitos, fantásticos e irracionales) y todos los caminos llevan a Macondo!

Teresa Suárez

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