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BLOGS. Las Flores del Mal
Copris

08.06.2018

Libre

08.06.2018

Las Flores del Mal por Copris

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Nunca deseé que Shasha Sevchenko fuese mi padre. Era un hombre muy alto, con ojos de huevo y una gran nariz que metía en todos los sitios, sobre todo en los vasos llenos de vodka.

El primer recuerdo que tengo de él... Yo tendría siete u ocho años. Madre lo trajo a casa. Shasha era un buen partido. Un hombre de menos de cuarenta años y trabajando en la fabrica de cemento de Verkans, con un sueldo de mil doscientos rublos a la semana, era lo mejor que una mujer soltera, con un hijo y embarazada de otro podía conseguir en aquellos tiempos.

Madre era una mujer guapa, o al menos así me lo parecía; con sus manos suaves, su mirada dulce, una sonrisa de boca grande y esa voz cálida que siempre llenaba de sueños mis ojos.
Demasiado hermosa para aquel mundo frío, demasiados pájaros en la cabeza, demasiado de todo.
Escuché el sonido de la llave que hurgaba inquieta en la puerta. Ella se había ido hacía bastantes horas.
Aún era de día, cuando, sin que ella me viera, la observé oculto desde el dintel de la puerta, pintarse los ojos y los labios, cepillar su larga melena rubia, ponerse un vestido que disimulara lo más posible su séptimo mes de embarazo.
Estaba contenta y canturreaba una canción que nunca he vuelto a olvidar:

“Canta amor
que nunca llegas,
al ocaso de mis manos,
besa al fin a esta doncella,
que de ti,
muere de largo...”

Después, me calentó un plato de sopa, me puso un pijama de lana muy gruesa que le había dado una criada amiga suya que trabajaba en una de las casas ricas de la Avenida de Igor Lavkevsky, y me dio un beso.

-No me esperes Andrev, tómate la sopa y métete en la cama, llegaré tarde. Reza tus oraciones.

Después, acarició su prominente barriga con mi hermano dentro...

Yo creo que en aquel momento dudó un instante, pasándosele por la cabeza si el dejar solo a un niño pequeño era una buena idea.

Me volvió a dar un beso de perdón y salió por la puerta con su abrigo negro en la mano.

Lloré mucho aquella tarde. ¿Es que madre no me quería? ¿Porqué se iba?

Me tomé la sopa que se había enfriado y llenado de lágrimas y eché un poco de serrín a la estufa para que el calor durara toda la noche.
Después me metí en la cama y recé para que mi madre volviera pronto.

Luego, el sueño roto por el chirrido de puerta.

Escuché la voz de madre y la de un hombre. Oí como reían y como una botella caía al suelo y se rompía.

Tras eso, unos pasos, cuchicheos de pájaro y luego, en la habitación de al lado, la de mi madre, suspiros, jadeos, y el infinito sonar de los muelles de la cama.

No dejé de llorar en toda la noche.

A la mañana siguiente fue un hombre al que yo no conocía el que me levantó de la cama.

-Eh tú chaval, despierta!!!

Abrí mis ojos y allí estaba él mirándome con yemas de huevo y su pestilente aliento a alcohol. Shasha Sevchenko, detrás apareció mi madre, en camisón con un pecho fuera y con la melena despeinada. Creo que aún estaba borracha.

Desde aquel día Shasha Sevchenko, se quedó a vivir en nuestra casa.

No hablaba mucho, salía antes del amanecer al trabajo y volvía siempre a eso de las diez de la noche, con la sangre convertida en vodka.
Madre se pasaba todo el día tumbada en la cama, tampoco decía nada, sólo se mantenía con los ojos abiertos, mirando a una pared blanca. Y por la noche, siempre el eterno sonido de los muelles.

Mi hermano, nació muerto en la primera mañana del invierno. Shasha Sevchenko, ni siquiera llamó a un médico. Aún recuerdo el pequeño pasillo lleno de manchas de sangre y a Sasha borracho, con un recién nacido muerto en la mano saliendo de casa tambaleando.

Mientras mamá deliraba de fiebre.

Una mañana, regresando de la escuela pública con dos pequeñas piedras calentadas sobre la estufa de clase y luego metidas en los bolsillos para que las manos no se congelaran, un camión del partido, cargado de pequeños sacos blancos, tomó la esquina de la calle Piert Podolov a tal velocidad que volcó, chocando después contra la fachada de la casa Nietmaya y esparciendo toda su mercancía por la acera.

Me acerque y contemplé como el conductor había quedado aplastado al caer sobre él todo el peso de vehículo. Aún así abría y cerraba la boca mecánicamente como un pez sacado del agua.

Recé por aquel hombre de cara blanca y le hice compañía hasta que dejó de dar bocanadas.

La calle Piert estaba llena de pequeños sacos blancos. En todos ellos aparecía dibujaba sobre la arpillera una calavera y debajo de ella un aviso “Atención Veneno”.

Y la luz se hizo.

Abrí uno de ellos un guardé un poco de aquel polvo blanco que brotaba como de un reloj de arena, en una pequeña lata vacía de carne guisada que había caído del camión.

Llegué a casa. No había nadie. Shasha Sevchenko y madre no estaban. Gracias Dios mío.

Busqué en la alacena la botella de vodka que tocaba aquella noche y vacié todo aquel polvo de invierno dentro de ella.

Me puse el pijama grueso de lana y me metí en la cama.

Y en la madrugada se volvieron a escuchar los pasos, el abrir de la puerta, las voces susurrantes, el abrir de una botella de corcho, los jadeos, los gemidos, el chirrido de muelles.

Más tarde, algo nuevo: Gritos, arcadas, arrastrar de cuerpos por el suelo.

Silencio infinito.

Esperé a que amaneciera para ver mi obra.

Shasha Sevchenko apareció en el Salón, rígido, con los ojos abiertos y la mandíbula desencajada de lengua negra.

Madre estaba en la cama, como siempre, hasta para morir fue rutinaria...

Me senté en una silla y durante horas contemplé mi obra. Vi como la luz, pintaba el cadáver de Shasha Sevchenko de muchos colores: primero anaranjado, luego blanco brillante y al final de la tarde azul muy muy oscuro.

Era hora de irse...

Cogí mis cosas y el recuerdo que nunca tuve de mi hermano y salí a la calle.

Soy Andrev, sólo un niño, libre al fin.

Copris

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