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DCLM.ES · OPINIONES · Tomás F. Ruiz

Tomás F. Ruiz

29.01.2020

Romanófilos: el culto al invasor

Por Tomás F. Ruiz

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Me asombra a veces escuchar elogios a la civilización romana venidos de ilustres historiadores, pensadores de prestigio o incunables filósofos. La adoración por la cultura y el modus vivendi romanos ha sido practicada durante los veinte siglos que nos separan de ella con una admiración y una reverencia inexplicables. Roma ha sido un referente cultural, incluso ideológico, de muchas generaciones que la precedieron, extendiendo su influencia durante muchos siglos después de su desaparición como civilización dominante. 

En periódicos históricos posteriores, como fue el Renacimiento, se desenterró y alabó lo mejor del imperio romano: se construyó copiando su voluminosa y clásica arquitectura , sus equilibrados edificios, sus grandiosos templos y santuarios; se pintó evocando los mosaicos y los relieves heredados de Roma; se hicieron esculturas con la misma técnica y tomando como modelo las estatuas de Roma; incluso se recuperó el latín, como recuerdo de la universal lengua que impusieron los césares a todos los pueblos y territorios bajo su dominio. A principios del siglo XX, incluso se evocó su ideología de pueblo superior y se levantó un movimiento de masas con el que se aplastó a la democracia y se exterminó sin piedad a sus defensores: el fascismo.

Siguiendo la misma línea de evocación al espíritu bélico romano, con su mismo afán sanguinario de poseer el mundo entero y someter a todas las razas que no fueran arias, Hitler copió, como hizo Mussolini, el saludo romano del brazo en alto.

No entiendo cómo, después de cerca de 16 siglos desde el fin del Imperio romano, tras la traumática experiencia de una segunda guerra mundial en la que perdieron la vida cerca de cien millones de seres humanos y que estuvo basada en el mismo propósito y en la misma ciega codicia del poder absoluto que representaba Roma, haya gente que hoy siga alabando y soñando con el devastador y criminal poder que representaban los césares romanos.

El sometimiento a Roma del Cristianismo

No hay duda, eso es cierto, de que Roma aportó un nueva tecnología que significó un gran avance para muchas disciplinas y impulsó ciencias de todo tipo. Entre sus literatos, hubo grandes historiadores que dejaron escrita la historia épica de Roma en sus libros; así como oradores muy convincentes y filósofos harto interesantes. Sin embargo, a ninguno de ellos se le ocurrió nunca la idea de un mundo diferente donde todos los seres humanos, al margen de su raza, condición social o riqueza, fueran iguales. Esta concepción de una sociedad en la que todos los hombres fueran libres -sin lugar a dudas el germen del comunismo que surgiría en la Europa del siglo XIX- fue el grandioso y revolucionario motor que impulsó, a partir del siglo I de nuestra era, la nueva ideología que fue el Cristianismo

Roma se había fundado al paso marcial de sus legiones, aplastando a otros pueblos libres y esclavizando a sus ciudadanos. Su revulsiva teoría de un mundo sin esclavos impactó de tal forma contra la sociedad inamovible que la civilización romana representaba que hizo zozobrar su concepción del mundo. La nueva ideología cristiana fue ilegalizada y perseguida por Roma durante casi cinco siglos. Pero el Cristianismo cambió cuando Teodosio la convirtió en religión oficial de Roma, a finales del siglo IV. Los cristianos no dudaron en sacrificar su esencia más intrínseca y taxativa: la de que todos los hombres, sea cual fuera su raza o condición social, nacían libres y no podían ser esclavizados. 

Esta renuncia a su postulado antiesclavista, que sin duda Teodosio le exigió para hacerla religión oficial del imperio, fue la tumba ideológica de la revolucionaria doctrina cristiana que hasta entonces había sido la gran esperanza de toda la Humanidad sometida por Roma. A partir de aquí, los obispos, clérigos y sacerdotes cristianos podrían disponer de esclavos para formar su servidumbre e incluso de esclavas con las que saciar su lujuria. Esa fue la gran traición a las enseñanzas de un visionario que, según se obstinan en afirmar sus acólitos, murió crucificado y resucitó al tercer día. Los que intentaron hacer perdurar las enseñanzas del Mesías, conocidos como cátaros, y se negaron a aceptar la esclavitud y la riqueza entre los representantes del Cristianismo, fueron perseguidos hasta el exterminio.   

Una conducta cruel y sanguinaria

Los defensores de la Roma antigua, de sus grandiosas obras de ingeniería hidráulica, su arquitectura urbana, su hasta hoy utilizada infraestructura viaria y, como no, su no menos elogiada herencia del derecho romano, olvidan muy fácilmente cuál fue el precio que tuvo que pagar la Humanidad para que Roma consolidara su imperio y se produjera ese progreso militar, social y tecnológico que tanto alaban. 

La sanguinaria conducta que movía a las legiones de Roma y los genocidios que iban cometiendo allá por donde pasaban, fueron parte del alto precio que hubo que pagar para que el glorioso imperio romano prosperara. Sin ir más lejos, bajo el peso del águila imperial que las legiones ondeaban a su paso, en la península ibérica tuvo lugar el devastador exterminio de toda la población celtíbera.

Es cierto que la Europa que precedió a los romanos ya había conocido otros ejércitos invasores: los persas y los helenos sin ir más lejos. El mundo avanzaba a lomos del jinete de la muerte y los pueblos más poderosos se imponían implacablemente a los más débiles. Este es otro de los argumentos que los defensores del brutal imperio romano esgrimen: a comienzos de la edad antigua era inevitable que una incontenible potencia militar irrumpiera en el viejo mundo e impusiera su concepción de poder absoluto; para los valedores de Roma, la prehistoria en la que vivía Europa la estaba esperando. Sin embargo, a la vista de la resistencia que opusieron a las legiones romanas territorios como la Celtiberia, la Galia o la misma Britania, no parece que los pueblos por los que pasaban las hordas romanas lo festejaran tirando cohetes al aire. 

Entre otras costumbres practicadas por los legionarios romanos, plenamente consentidas por los centuriones que las comandaban, estaban el saqueo y el incendio de poblados, así como la violación, antes de pasar a cuchillo, de las mujeres y niñas capturadas. En ese aspecto, los legionarios y las hordas de regulares que Franco trajo de África para someter y exterminar a la España republicana, supieron emular con orgullo las razias de sus antecesores romanos.

El acueducto de Segovia

Esa conducta feroz y cruel sin paragón que practicaban los legionarios en sus ataques a pueblos desarmados, es lo que los defensores a ultranza de Roma parecen olvidar cada vez que hablan glorias de las obras publicas romanas, ensalzan su asombroso dominio del equilibrio en la arquitectura o las excelsas proporciones de sus esculturas. Precisamente uno de esas grandiosas obras la tenemos en España: el acueducto de Segovia, uno de los mitos de adoración que tienen los romanófilos en España. 

Realmente, resulta asombroso que esta extraordinaria construcción que es el acueducto segoviano se mantenga en pie casi veinte siglos después de ser levantada. Admirar su elegante y sorprendente trazado, que se ha mantenido en pie durante cerca de dos mil años, es inevitable cuando se trata de reconocer el magistral dominio que poseían los romanos en la construcción de puentes y acueductos de todo tipo. Sin embargo, nadie aún, que yo sepa, ha hecho balance de cuantos esclavos fueron utilizados para construirlo ni, menos aún, cuantos de ellos murieron a causa de las inhumanas condiciones de trabajo -entre las que no faltaba el látigo- que los romanos imponían.

Sinceramente, por mucha admiración y reconocimiento que me provoquen sus alabadas y ensalzadas obras, pienso que Europa sufrió mucho bajo el poder de esas alimañas que fueron las legiones romanas y que, por mucha y muy útil que fuera su herencia, no hay forma de justificar la desolación y el sufrimiento que provocaron. 

Mientras haya personas que justifiquen el mucho daño causado por los romanos para levantar su legendario imperio dos milenios atrás, también las habrá para aceptar que gobernantes criminales de nuestros días -como el nuevo emperador Donald Trump-, tengan derecho a invadir cuantos países le venga en gana y asesinar impunemente a sus adversarios. Eso sí, veinte siglos después, la nueva tecnología pone en manos de estos dementes genocidas un armamento mucho más letal que las flechas, los pilums y las espadas de que disponían los legionarios romanos… ¿Se han parado a pensar los defensores de la ensalzada Roma que habría sido de la Europa antigua si Julio Cesar, Marco Antonio o Pompeyo hubieran tenido a mano el arsenal de engendros bélicos de que disponen los nuevos césares del siglo XXI? 

Tomás F. Ruiz

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