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DCLM.ES · RELATOS BREVES DURANTE EL CONFINAMIENTO

Leyenda de la mala cosa

Por Gretel Lovecraft

26.05.2020

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Por la puerta de Todos los Santos entraba noviembre. Frío y a esas horas, raso y de lucerío enjoyado.

En la madrugada, más noche que día, el cementerio estaba cerrado y solitario cuando Isidro y el Liberal pasaron junto a sus rejas. Isidro miro de reojo y se santiguó. Los de la mala noche seguían con el lúgubre tañido de la campana gorda. Desde vísperas y durante toda la noche aquel triste campaneo encogía y recogía las almas, y despertaba temores en los pensamientos infantiles.

Bien sabía el abuelo Isidro, el del Toledillo, que no era día para salir al campo y que de enterarse el cura le caería una bronca como nube de avispas. Recordaba, como en las escasas veces que pisaba la iglesia, siempre en la fiesta de la Virgen, como el bueno de don Julián en sus sermones no paraba en barras. Sus palabras apocalípticas lanzaban prohibiciones llenas de amenazas y castigos divinos para todos aquellos infelices que no respetasen los días señalados por la santa Madre Iglesia para ser guardados… y más que guardar, ¡es que eran sagrados! Avisados quedaban los que desoyendo tales mandamientos y obligaciones se atrevieran a salir a los campos.

Torreños y torreñas, debían recogerse de manera piadosa en sus casas, después de cumplir con sus deberes de honrados y buenos cristianos, para seguidamente, lejos de afectadas alharacas, homenajear junto a la familia reunida lo que señalaba y resaltaba el santoral del almanaque.

¡Qué se va enterar don Julián!, sí no por bacineo de podrida baba. Que me diga el párroco, a ver quién es el que viene a sarmentar y darle el punto a las viñas… pues, como no venga yo… y a las fechas que estamos… y las olivas sin meterles mano… sí es que Isidro, los años son los años, y el cuerpo no está para verbenas. Además la Isidríca se ha pasado toda la santa semana enjalbegando las tumbas de los finados de las dos familias y quitando los polvazos a las cruces. Ella cumplía y cumpliría por los dos. Así que cabales.

Con sus soliloquios, acompañados de medias sonrisas zorrunas, el abuelo Isidro hacia camino en dirección al cerro Los Gatos. Allí tenía sus viñas, suerte que le tocó de su abuelo Benito el Viejo. Uno de los vecinos linderos le había hecho una oferta de compra por ellas… pero cá… sí en sus ringleros le salieron sus primeros dientes ayudando a su padre… además, las tenía querencia… si hombre… no ves que sí… venderlas.

A su vera, Liberal, su muy estimado y querido burro, pardoblanco-gris con grandes manchas negras. Cuando Isidro se ponía de uñas por la proverbial tozudez del animal una y otra vez le recordaba sus remiendos. Se retenía en zaherirle con el calificativo de “hijo de siete padres” pero le soltaba lo más fresco aquello… que era un mil leches.

Si el abuelo ya no cumplía los setenta, el animal, en la cronología asnal, emparejaba su edad con la del hombre. Y si el abuelo marchaba moroso y encorvado, el burro parecía filosofar sobre la transcendencia en dar un nuevo paso. Los dos sabían dónde iban, para que querer más. Llegarán al roal con el amanecío dorando las casas de Almedina.

Marchaba Liberal ligero de peso. Sobre la albarda los serones. En uno, los avíos de podar, en el otro un par de tomates, unas cubanas y el cuerno con vino, que le apañarían al abuelo las hambres hasta el regreso a la casa.

Isidro, lleno de ternura, se remiraba al animal. Era de condición noble, mansón y cariñoso. Salvo en aquella ocasión que, siendo burro mozo le soltó una mala coz a un impertinente carlista que lo dejo escalabrao. A punto estuvo de ser fusilado por sublevación. Aquella aventura sirvió para que el pueblo lo conociera por “el burro liberal” y con Liberal se quedó. Obligado estuvo Isidro a mudarle el primer nombre de Manchao.

El abuelo Isidro inició conversación con Liberal, a la par que pasanteaba por el solitario paisaje. Liberal, escuchar sí parecía escuchar, con sus tiesas orejas, pero, hablar… el abuelo Isidro era de la opinión que el burro le entendía mucho más que el montón de sus vecinos. De verdad del Señor que la pareja hacía buenas gachas.

“Liberal, no quieras saber la colcha que te está haciendo la Isidrica para el san Antón que viene. No habrá un animal más galán y dispuesto que tú. ¡Vaya!, si van a rabiar todos cuando te vean en los cuartos el cubre lanero, que tiene más colores que el arco iris. Todo un año ha estado la Isidrica, dale que te pego a la lana. La que trajo de dote no era la mitad de hermosísma. Verás, verás… qué colores rojos que parecen sangres, verdes como viñas tejidas, amarillos como rubialazos, negros como las almas condenadas. Ya ves, Liberal, con la fama que tiene la Isidrica de despegá y arisca… y el desvivir que tiene en hacerte la colcha. Y es que, como todos, tiene sus cosas, pero querer, nos quiere a las dos con los hígados y según sus entendederas. Y nada del horcate de los santones, hogaño con la pleita sobrada te he hecho unas ristras con cascabeles y unas melenas llenas de cintícas de colores”.

Liberal venteaba alegre sus orejas.

Esta mañana los caminos que cruzan nuestros campos están enfermos de soledades. Se han desvanecido las animalias y con ellas la felicidad del paisaje y el verbo del silencio. Antaño siempre marchaban, mulas, borricos, caballos… junto a los hombres y bajo las claras de los días. Nuestra tierra, en su eterna melancolía, en su mutismo infinito, empujaba al hombre junto a la bestia. En él tenía cabal compañero para sus trabajos y complicidad para sus anhelos y fracasos. Y como se ha escrito, los animales no hablaban, pero escuchar… que se lo pregunten a los escasos hombres-memoria que sobreviven.

Asomaron al roal y el abuelo Isidro liberó al burro del serón, albarda y apechusques de su condición y sin trabarlo, lo dejo a su aire y holganza.

El abuelo Isidro miró las largas líneas desnudas y suspiró resignado. Enganchó la hoz de podar, se inclinó y, antes de cortar el primer sarmiento, un inesperado pelofrío agarrotó todo su cuerpo de malas maneras. Sobre la vieja y disputada oliva lindera había aparecido, cosa de brujería, un manchón, como un agujero, mismamente un charco, que charqueaba en el aire en la luz mañanera. Por él empezó a salir una 'mala cosa', un sombrajo trabao, trabao, negro, negro… más oscuro que el agujero que lo había parido. Aquella 'mala cosa' cogió semejanza y bulto de persona, pero sin relieve, una silueta, donde no se adivinaba rasgo ni miembro alguno. El abuelo, espantado, tieso e inmóvil miraba aquella espectral aparición.

La visión flotaba junto al negro coladero del otro mundo. Sintió las agonías de su hora llegar cuando aquella 'estantigua' se dirigió a él con voz oscura, fría y cortante como hielo de enero. Helada como la muerte le dijo: "Isidro, te dejo un mandao del Más Allá y líbrate muy mucho de echarlo en el morral. Atiende, deshonra de hijo, nieto descastado, padre desnaturalizado, hermanastro más que hermano… escucha y atiende bien. En sus tumbas, tus padres, hermanos, abuelos y los antiguos se rebullen molestos y coléricos. A la hora en que todos los del pueblo empiezan a rendir con sus rezos y presentes tributo y recuerdo a sus finados, tú, miserable, estás trabajando y violando un día santo. Vuelve, regresa a escape, no sea demasiado tarde para ti, desgraciado, más que desgraciado… y cumple con tus sagrados deberes como Dios quiere y manda. De lo contrario pagarás con la condenación eterna tu sacrilegio. Los diablos ya hacen juntas y celebran vísperas por tu alma sentenciada, y tu cuerpo mortal sufrirá mil tormentos e incontables judiás".

Dando de mano tan agorero recado, lenta, muy lentamente, la 'mala cosa' aquella, fue chupada por la mancha flotante, desapareciendo ambas, en un pis pas en la mañana.

El abuelo Isidro no supo nunca cuánto tiempo estuvo sin cantearse pero, cuando lo hizo, emprendió regreso al pueblo sin hacer mención ni pensamiento de volver la vista atrás. Se olvidó del Liberal que, en la distancia, seguía parsimonioso sus pasos, ajeno al drama sobrenatural sucedido. Contó a Isidrica la aventura, que le recriminó el no haber hecho caso de las advertencias de don Julián.

Desde aquel día, el bueno del abuelo Isidro y el Liberal nunca más salieron al campo en día de guardar.

Fuente: Carlos Villar Esparza.

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